Hay
personas maravillosas que rozan nuestras vidas, que nos acarician con
su compañía, con su amistad, con sus ejemplos… Son esa suerte de
atardeceres calmos frente a nuestro Estrecho que te hacen pensar que la
vida es bella, que tiene sentido, que es posible ser feliz, ser mejor,
que es posible trascender, que no es un sueño la fraternidad, la
solidaridad, el amor al prójimo, la entrega desinteresada, una sociedad
más justa… Tendría unos 15, segundo medio tal vez, cuando llegué a la
Parroquia San Miguel vínculo que mantuve por largos años ligado a los
Cevas junto con otros tantos amigas y amigos con los cuales aún
mantenemos el afecto, los recuerdos y el lazo indivisible de haber sido
parte de una generación que entregó su juventud, su trabajo, su fervor
al servicio de los más pequeños, de los más desposeídos, de los tantas
veces olvidados… En esas maratónicas jornadas, recibíamos cientos de
rostros infantiles y muchos, muchísimos, fuimos cultivando esto de la
pedagogía, esto de “conducir” a los niños… En las cocinas parroquiales,
hervía el agua en enormes fondos que luego se convertirían en leche y
sobre las mesas cientos de panes con manjar o mermelada que era la
colación que muchos niños tanto necesitaban y carecían… Y allí, con una
sonrisa que aliviaba cualquier cansancio, estaba nuestra tía Marta junto
a otras señoras que día tras día y de lunes a viernes, trabajaban con
esa alegría que solo da el entregarse a los demás… Siempre su casa de
puertas abierta, siempre un corazón enorme que acogía a tantos y tantos
que buscaban el consuelo, el consejo o la simple alegría que mitigaba
cualquier congoja. Imposible no recordar como imposible no derramar una
lágrima agradecida… La vida y la distancia nos arrojó cada uno a lo suyo
y no fue el olvido ni menos la ingratitud, solo fue distancia, nada más
que eso… Busco en mi memoria y allí estamos los de entonces, los miles y
miles que alguna vez (como hoy lo hacen tantos), fuimos los monitores
e, inevitablemente, está nuestra Marta, nuestras tantas Martas en tanta
parroquias…Por ésos que alguna vez fuimos, por ésos que ya adultos
aprendimos que el verdadero rostro de Cristo no es el yeso de las
iglesias, por ésos que hoy caminamos nuestras calles y hacemos familia y
sociedad y futuro, por ésos que recibimos la sonrisa, el afecto, por
ésos que recibimos tu amor, tía Marta querida, por ésos agradezco tu
bondad, tu ejemplo, tu enorme generosidad, tu trabajo incansable… Es
inevitable la tristeza, queridos Chago, Lalo, Miguelito, es inevitable…
Como ayer, como antes, en nuestras voces llorosas resonará el himno
aquél: “Todo niño y toda niña es llamado a jugar, su vida realizar…”
Seguro estoy que Cristo, como los miles y miles de niños que atendiste,
te recibirá con los brazos abiertos y te pedirá una taza de leche y un
pan con manjar… Descansa en paz, descansa en paz… Acá quedamos los
huérfanos de tu cariño y tu bondad. “No hagáis ruido en torno de ella,
porque en batalla de sencillez” (Pedro Prado).