La
historia universal tiene por delimitación cronológica las siglas A.C
(antes de Cristo) y D.C (después de Cristo), junto con ello, establece
la figura de Jesús como símbolo de una nueva etapa, de una nueva manera
de comprender la esperanza, donde el mundo y sus individuos ensamblan
una profunda alianza de memoria, historicidad y valores. El nacimiento
de Jesús, no solo refleja un hecho de carácter espiritual, sino también
un sustento histórico para el cristianismo occidental, de ahí que el
“mundo entero” celebre Navidad el día 25 de diciembre de cada año,
claro, con diversas expresiones de conmemoración y motivos que
justifican el encuentro, no obstante, la historia hace una pausa y versa
sobre la humanidad del siglo XXI un hito no solo de trascendencia
religiosa, sino también, cultural, social y política, por tanto, mi
columna de la semana se denomina “Más allá del pesebre”.
Primero,
son muchos los debates entre especialistas de historia religiosa que
trazan diversas fechas para el nacimiento de Jesús, sin embargo, el fin
último no es “discutir” la fecha in situ, sino más bien como aquello
continúa estando presente en la sociedad de nuestra época, dicho sea de
paso, al margen de los enfoques laicos, dogmáticos, ateos y/o gnósticos,
por consecuencia, indudablemente estamos en presencia de un fecha de
profundo significado y legado confesional. Ahora bien, ¿Cómo vive el
mundo secular dicha fiesta? ¿Qué celebra realmente? ¿Cómo extraer
preceptos de amor y confianza en una fecha que, por definición, está
fuertemente enraizada en el cristianismo del primer siglo? Navidad es un
espacio donde los feligreses de todo el mundo adhieren a la concepción
judeocristiana propia del nacimiento de un Salvador, a su vez, la
sociedad moderna también abraza una cierta reflexión de paz, amistad y
amor, claro, una con límites de especulación y hermenéutica propia de la
razón. Pero ¿De dónde salieron las categorías aludidas; paz, amistad y
amor? Tal vez, sería bueno precisar estas como rudimentos esenciales del
discurso enarbolado por Jesús, no solo para creyentes y dogmáticos de
la liturgia dominical, sino también para esos necesitados de calidez,
esperanza y paz en tiempos de profunda crisis mundial. El denominado
maestro y Rey de los judíos dijo en una oportunidad: “Mi paz les dejo,
mi paz les doy; yo no la doy como el mundo la da. No se turbe nuestro
corazón ni tenga miedo (Juan 14:26–27)”. Tenemos la posibilidad de
pregonar puentes de expectativa de cara a un nuevo año, frente a una
Navidad que nos una, que vivifique el mensaje de Jesús para todos, sin
exclusión de sexo, raza, color u otra dimensión diferenciadora.
Segundo,
si de Jesús hablamos, el Pesebre (nacimiento) y Gólgota (muerte) son
dos espacios simbólicos de su vida. Él nació en un lugar destinado a los
animales y muere en un lugar destinado a criminales. La reflexión debe
ir mucho más allá del dogma judeocristiano, la ilusión no puede ser
reducida a la creencia o no creencia, por el contrario, la reflexión
debe elevar una invitación sin obligación, una que coloque de manifiesto
el nacimiento de Jesús como hito transversal, global y en presencia de
toda una humanidad sufriente. La cena puede tener otro sabor si logramos
cercenar aquello que nos aleja de la sustancia navideña, más aún, si
logramos relegar esos imaginarios sociales de ínfulas, rencor y
enemistad, incluso, la celebración permite sumergirnos en una pausa
honesta, sincera y alejada de resabio acumulado. Hace algún tiempo
atrás, por medio del Diario El Mercurio de Valparaíso, Cristian Eichin,
académico de la PUCV señaló lo siguiente: “La Navidad es la celebración
del gran amor que Dios nos tiene y que se nos hace presente por medio de
la fragilidad de un bebé, que es un símbolo de vulnerabilidad y
pobreza, que apela al cuidado y a la responsabilidad de parte nuestra.
Por cierto, la fragilidad se enaltece por ese gran regalo que Dios nos
trae. La Navidad es la celebración de la humildad de un Dios que se hace
niño y nos lleva a valorar nuevamente la sencillez como una actitud
fundamental y necesaria. Lo que celebramos en la Navidad es el
nacimiento de Jesús, un niño muy humilde, muy pobre, que nació como un
bebé vulnerable, en un espacio que no es una zona de confort”. Sin duda,
me parece que este 2023 ha tenido altos y bajos para nuestro país,
incluso, con una montaña de problemas que no parecen cesar, ahora bien,
más allá de la realidad aludida, un espacio de conciencia, fe y
esperanza puede resultar “vida” a través de la paz, amor y amistad
durante la noche del 25 de diciembre del presente año 2023, un premisa
que dibuja un acento mediante la siguiente declaración; “Más allá del
pesebre”.