Más educación, menos leyes

En
los últimos años me he aficionado a dejar itineradas algunas cuantas
ideas en ciertas redes sociales, además de proferirlas en entornos
propios de las temáticas abordadas. La principal, la más reiterada, es,
por supuesto, la educación.

Ahora
glosaré o comentaré algunas de ellas. En septiembre de 2015 escribí:
“En abstracto, a más educación, y mejor educación, personal, familiar,
social, o profesional, no serían necesarias las leyes, o estas serían
solo una decena. ¿Exagerado? Es posible”. Obviamente me refería a que a
la educación en el seno familiar, o del entorno, y sumada la educación
institucionalizada, formal, las dos, y más, si concurren en
complementariedad, no requerirían del establecimiento de cuerpos
legislativos, normativos, reglamentarios que regulen nuestras vidas,
nuestros comportamientos, con un sinnúmero de leyes, capítulos,
artículos, secciones, párrafos, apartados e incisos.

“En
educación, más es mejor”. Así glosaba en abril de 2017. ¿Qué quería
señalar? Aclaro de inmediato, no me refería a más, en un sentido
cuantitativo puro, estricto. Me refería a que, en educación, más cariño,
más empatía, más comprensión, más entrega, más humildad, más carisma,
más bondad, más quietud, más observación, más benignidad, más
inquietudes, más alegría, más sonrisas, más entretenimiento, más
compañerismo, más caridad, más felicidad, más amor… redunda, redundaría
en que lo conceptual, los contenidos, se asentarían, permanecerían con
visos de perpetuidad en cada uno de los discentes.

Ya
son muchos los países que dedican ingentes esfuerzos y recursos para
conseguir mejores resultados en pro de una mejor educación de toda
persona y de todas las personas que habitan el planeta.

La
educación de los niños y niñas ha de ser humana, humanística,
humanizada, centrada en la persona, en su desarrollo, en su crecimiento y
no educar para el egoísmo, para la competitividad… Se debe contribuir a
desarrollar la individualidad de la persona, pero no el individualismo.

La
sociedad, la comunidad cambiará solo si cambia el individuo, la
persona. No se necesitan mejores alumnos o estudiantes; se necesitan
mejores personas.

Y
aquí ha de primar lo actitudinal en el proceso de aprendizaje en todos
los niveles o fases educacionales, parvularia, básica, media y superior.

Lo
afirmo y lo reafirmo, la educación institucionalizada o formal ha de
adecuar pronto sus currículos, logrando mejores equilibrios entre los
contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales, privilegiando
los últimos. Y los cambios, insisto, han de ser en el ser, más que en el
saber, o en el saber hacer.

En
lo actitudinal importan más los verbos que los sustantivos y los
adjetivos, pues la actitud ha de quedar en evidencia a través de
acciones, se ha de mostrar en el actuar de las personas, como respetar,
valorar, ayudar, tolerar, participar, cooperar, apreciar, aceptar,
colaborar, rechazar, compartir, cuidar, honrar, crear, empatizar,
aportar…

¿Y
de qué actitudes o valores estamos hablando? De la honestidad, la
responsabilidad, de la actitud emprendedora, del liderazgo, de la
innovación, del espíritu de superación personal, del respeto a la
dignidad de las personas, del respeto a sus deberes y derechos
inherentes, del respeto por la naturaleza, del aprecio por la cultura,
entre varias, ustedes apunten otras, por favor.

Y
las actitudes son transversales, y se gozan más en una relación de
horizontalidad, de fraternidad, de igualdad. Su cultivo debe ser un
continuum, deben permanecer en el tiempo, siempre ir de menos a más, al
infinito, y siempre. Y es buen comienzo que se trate de ademanes, de
gestos, así transitan a la permanencia como actitudes, si no como
valores.

¿Es tarde? No, categóricamente, no.

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