En
pandemia mi hija aprendió a hacer repostería y desde esos días el
consumo de huevos se incrementó significativamente en mi casa. Lo
anterior me permitió ser testigo del aumento de su precio, lo que sin
embargo no limitó su consumo en la población. De esta forma, hoy por hoy
cada compatriota en promedio consume huevos 7 de cada 10 días (eso
significa 13 millones de huevos al día). Por otro lado, también pudimos
darnos cuenta que existen distintos precios para distintos tipos de
huevos. Hay huevos blancos o de “color”, como se les llama a los de
cáscara café (lo que tiene relación sólo con el color de la gallina).
Hay huevos chicos, medianos, normales, grandes, extra grande y
especiales (obviamente mientras más grande más caro). De acuerdo al
ambiente en que viven hay huevos de gallinas de campo (de granjas), de
gallina feliz (de gallineros amplios y áreas abiertas), de gallinas en
ambientes controlados (omega 3) y de gallinas en cautiverio (jaulas). Y
de estas últimas y las condiciones en que viven quiero referirme en esta
columna.
Según
datos publicados el 2021, en la Revista Chilena de Derecho Animal, las
gallinas en jaulas constituyen el 98,8% de la producción nacional, de
las cuales el 76% se encuentra confinada a jaulas verticales o en
batería y 24% a jaulas convencionales. Una jaula en batería consiste en
jaulas pequeñas apiladas una sobre otras en donde los animales se
mantienen en cautiverios, en espacios reducidos para sus movimientos con
altos grados de hacinamiento. El sistema de jaulas convencionales
presenta mayor espacio para los animales, pero sigue siendo un sistema
de confinamiento. El alto número de gallina por jaula en espacios
reducidos (se calcula un espacio promedio de 21x29cm2, del porte de una
hoja de carta) les impide realizar comportamientos naturales de su
especie, como extender las alas o en muchos casos incluso les impide
mantenerse erguidas. De esta forma el hacinamiento condiciona su
desarrollo provocando que los animales presenten deformaciones en sus
patas, musculatura atrofiada o crestas caídas (clara señal de
enfermedad), reduciendo drásticamente sus expectativas de vida. Sin
duda, estamos en presencia de una industria que no procura los espacios
mínimos de confinamientos para resguardar la integridad física y
sicológica de las gallinas, sometiéndolas a condiciones deplorables.
Como
alternativa, hace poco más de una década ha surgido un movimiento que
busca que las gallinas ponedoras tengan el espacio adecuado para el
desarrollo de sus comportamientos naturales. De esta forma el concepto
de huevo de gallina feliz se aplica para aquellos huevos provenientes de
gallinas que crecen en un ambiente mucho más apropiado, sin el estrés
de vivir enjauladas. En el mercado ha irrumpido como producto gourmet,
con un precio superior al huevo normal, ya que las gallinas son criadas
en libertad (descartando el maltrato), son mejor alimentadas y no se
agregan antibióticos ni hormonas. Si bien su presencia en el mercado aún
es escasa, ha experimentado un fuerte aumento post pandemia. Una mezcla
de conciencia entre comer sano y derechos de los animales, que espero
termine en normativa y legislación que regule los procedimientos de la
industria avícola. La “Guía de Buenas Prácticas sobre Bienestar Animal
en los diferentes Sistemas de Producción de Huevos” fue un intento al
menos de instalar el tema, pero que quedó muy lejano de ser un aporte
para regular el maltrato animal.
El
parlamento ha hecho intentos de abordar la temática, pero poco se ha
avanzado hacia el objetivo de evitar el maltrato animal. En la Cámara de
Diputados y Diputadas se presentó el Proyecto “Chile Libre de Jaulas”
que propone realizar modificaciones al sistema de producción de huevos
en Chile, eliminando las jaulas de gallinas ponedoras, evitando el
maltrato animal; sin embargo, no ha logrado avanzar su primer trámite,
no registrando movimiento desde el año 2020. Un proyecto más tangencial
(por no decir tibio) es el presentado en el Senado, el cual tiene por
objetivo otorgar más información y seguridad a la ciudadanía respecto
del origen, tratamiento y calidad de los huevos de gallinas que son
consumidos por las personas, es decir se hace cargo sólo de la
trazabilidad y la certificación, pero no de las condiciones. El proyecto
fue fusionado con otros similares y es discutido por la Comisión de
agricultura del senado, la cual hace poco lo votó en general.
Cada
día la ciudadanía toma más conciencia en relación a que no da lo mismo
lo que llevamos a la mesa como alimento. Si bien un futuro libre de
jaulas en la industria avícola conllevará un aumento en el precio de los
huevos, es inevitable avanzar hacia condiciones más civilizadas,
dignas, sostenibles y salubres.