Para
explicar el amplio triunfo del rechazo en el plebiscito de septiembre,
desde el Gobierno han señalado que “no se puede ir más rápido que tu
pueblo” y que “pretender estar adelantado a tu época es una forma
elegante de estar equivocado”. Con estas declaraciones, el Gobierno deja
entrever que existiría una verdad que solo ellos conocen, pero a la que
nosotros, el pueblo, todavía no logramos acceder.
A
partir de estas afirmaciones cabe preguntarse ¿Es cierto que detrás del
triunfo del rechazo existe, por un lado, un grupo adelantado a su época
y, por otro, un pueblo que no es lo suficientemente rápido para
seguirle el paso? ¿O en realidad esta es mas bien una excusa para
intentar tapar el rol del Gobierno en el fracaso del proceso
constituyente? Hay buenos motivos para sostener esto último.
Durante
todo el proceso constituyente existió una correlación entre la
desaprobación del Presidente y el rechazo. En otras palabras, si al
Gobierno le iba mal al rechazo le iba bien y viceversa. Y lo cierto es
que en los meses que lleva, el ejecutivo acumula muchos más errores que
aciertos, existiendo una incapacidad generalizada en el “saber hacer” en
prácticamente todos los ámbitos relevantes para un gobierno. Sumado
a esto, se han repetido (y posiblemente profundizado) varias de las
prácticas ampliamente repudiadas por la ciudadanía, y que fueron
largamente condenadas por el Gobierno cuando fue oposición. Se sigue
privilegiando a los amigos por sobre la capacidad, siendo los casos de
Izkia Siches y el embajador en España, Javier Velasco, los que han
acaparado más portadas. También han llegado a puestos de gobierno
familiares de correligionarios políticos, siendo el caso más llamativo
el de la Diputada Claudia Mix, que tendría al menos 5 personas cercanas
trabajando en el Estado, incluyendo su hermana, pareja e hijo. En los
hechos, esto ha aumentado la desconfianza en el Gobierno y las
instituciones. Luego, al ponerse a la cabeza del proceso constituyente,
el Gobierno traspasó su descrédito al proyecto constitucional que ya de
por sí era muy deficiente.
Pero
quizás la mayor responsabilidad del Gobierno tiene que ver con la
propuesta constitucional misma, que no logró sintonizar con la
ciudadanía. Existían buenos motivos para rechazar un texto partisano que
socavaba los pilares de la democracia. Lo extraño es que muchas de las
preocupaciones de la ciudadanía no estaban vinculadas a dichas razones,
sino más bien a los derechos sociales propuestos, materia que en
principio debería haber favorecido al proyecto. El caso más emblemático
es el “derecho a la vivienda digna”, que no consagraba explícitamente
que la vivienda fuese propia, iniciativa que fue rechazada en todas sus
variantes por la Convención. La idea, según el Presidente, era pasar
“del paradigma de la vivienda propia al de la vivienda digna”. Esto pese
a que en Chile se encuentra extendida la idea de que la única vivienda
digna es la vivienda propia, vale decir, la que se puede intervenir,
heredar y cuya permanencia y seguridad no depende de un decreto emanado
de la oficina de un funcionario del gobierno de turno. Obviamente esto
lo saben mejor los miles de chilenos que llevan años esperando su casa o
la han obtenido con esfuerzo que quienes viven de los generosos sueldos
de la política.
Algo
similar sucedió en materia de pensiones, donde se garantizaba el
“derecho a la seguridad social” pero no se aseguraba la heredabilidad de
éstas, lo cual -además- iba en línea con lo que inicialmente planteó el
Gobierno en su programa. Sin embargo, las encuestas muestran que los
chilenos prefieren tener su propio dinero antes que darle un cheque en
blanco a la clase política para que, en 30 años más, le dé una pensión
“digna”, cualquier cosa que esto signifique. Evidentemente, aquello no
es una preocupación para quien tiene la vejez asegurada sin importar si
hay o no sistema de pensiones.
En
este contexto, pareciera ser que el camino que hoy más le conviene al
Gobierno es el de la humildad. Y esto pasa por enmendar el rumbo,
sintonizar con la ciudadanía y asumir que la gran tarea que tiene quizás
no es la de las grandes transformaciones, sino que la del obrero al que
le toca reconstruir una casa en ruinas. Suena a poco, pero no lo es.