Soy
un convencido que el Nuevo Proceso Constituyente es un gran placebo que
sólo pretende validar los acuerdos que alcancen los poderes
establecidos. Izquierda y derecha deberán forzosamente coincidir en un
texto, que tiene límites previos y un órgano garante de los bordes. En
este sentido es válido preguntarse ¿Qué realmente está en juego en la
elección del 7 de mayo? La respuesta es compleja, especialmente en el
oficialismo, y ello ha generado una intensa discusión que mantiene en
suspenso la posibilidad de presentarse en una o dos listas a la elección
constituyente. Los partidos de Apruebo Dignidad y el mismo Gobierno han
planteado la idea de una lista única como una forma de consolidar la
alianza y dar una señal de unidad que permita proyectar el mandato. Por
su parte, el PPD y el Partido Radical han planteado la opción de ir en
listas separadas, como una forma de ampliar la base electoral y de apoyo
a la gestión, que en la práctica es la incorporación de la DC. Lo
trágico en ambas posturas es la sensación de pesimismo en el trasfondo
de las posiciones, de ahí lo apropiado del comentario de la ministra del
Interior, Carolina Tohá: “Sea cual sea la fórmula electoral que se
elija, yo creo que lo impresentable sería no tomarle el peso a la
responsabilidad que tenemos de estar cohesionados”.
Es
una realidad el mal momento que atraviesa en Gobierno, agravado desde
la derrota ideológica y electoral del 4 de septiembre. El oficialismo no
ha sido capaz de reposicionarse y muy por el contrario ha seguido
cometiendo errores que opacan los aciertos en la gestión. En este
contexto, las dos almas de Gobierno mantienen posiciones permanentemente
contrarias, en donde Apruebo Dignidad insiste en hacer cumplir el
programa, mientras que el Socialismo Democrático hace un llamado a
“bajarse del árbol” y plantear correcciones al programa que lo hagan más
aterrizado a la realidad contingente del país. De esta forma, en vez de
atender la convocatoria del Presidente para afiatarse y perseguir
objetivos comunes, los bloques del oficialismo parecen distanciarse aún
más (pese a los conclaves cupulares). Lo cierto es que los partidarios
de base de Apruebo Dignidad aún sienten que ellos ganaron la elección
presidencial y siguen viendo a sus aliados como oportunistas, que
alteran las prioridades del programa; mientras que los partidarios del
Socialismo Democrático sienten que es injusto pagar los costos de los
errores si participan mínimamente en cargos de gobierno (apenas un 25%) y
las decisiones que toma el Presidente y su grupo más cercano.
En
justicia, Gabriel Boric es el primer presidente que se debe enfrentar
dos elecciones a poco más de un año de su instalación. Dos elecciones
que indirectamente evalúan la gestión de su mandato. En este sentido
extraña que el objetivo del oficialismo no sea aprovechar la elección de
mayo para fortalecer los equipos de gobierno y reformular la agenda
cercana, a una más realista, o al menos para intentar sujetar la
estantería. Siendo evidente que las coaliciones aún no están unidas y
afiatadas en una visión común, y tratando de evitar un segundo desastre
electoral, el Gobierno debió dar señales que fortalecieran sus opciones:
equilibrar la representación, reformular las prioridades, aumentar el
circulo de apoyo electoral y político. Es importante entender que en la
elección de Constituyentes hay algo más es juego y el electorado
inevitablemente evaluará la gestión de Gobierno. Por eso, ganar la
elección es fundamental para mantener viable la agenda de presidente
Boric (aunque sea una parte) e ir en una o dos listas debe ser el
resultado, a esta altura, de un correcto análisis electoral y político, y
no de una forzada señal de unidad.