Mediócratas

Valga preguntarse si ¿somos realmente demócratas o mediócritas?

Culturalmente
nos cuesta como país tener discusiones maduras y profundas sobre temas
que son importantes para el sistema democrático. La descalificación
fácil y a flor de piel impide una reflexión sobre temas de principios
éticos, que una comunidad democrática debería discutir, promover y
sustentar.

Existen
mínimos democráticos que constituyen las bases de todo país que se
precie de vivir en una democracia, en un Estado de Derecho, que no es
otra cosa que un estado racional donde la libertad y la dignidad de las
personas no se transa.

Un
paraguas primordial para sustentar los valores democráticos son la
libertad de información y la libertad de prensa, ojalá con medios no
tendenciosos o preocupados de mezquinos y entrelazados intereses. Sino
que buscando siempre su función principal, que es la de proporcionar
información para que las sociedades sean más libres y críticas con lo
que sucede en su entorno.

En
nuestro país los tres derechos de la ciudadanía que están
estrechamente ligados, como: la libertad de prensa, la libertad de
expresión y el acceso a la información, tienen serios signos de
debilidad, como lo ha afirmado Reporteros Sin Fronteras (RSF), por la
falta de pluralismo, los problemas de corrupción política y la
concentración de medios de comunicación. Que esta instancia
internacional atribuye a la herencia de los años de dictadura militar.
Lo cierto es que cada cual puede sacar la conclusión que estime
conveniente, pero lo que no se puede esconder son las señales sobre el
tema que están a la luz.

Pero
como decía el periodista y novelista Ernest Hemingway: “Es tonto no
tener esperanza. Es un pecado no pensar”. No podemos dejar de soslayar
que las cartas, que pueden ser un texto distinto para cada ocasión, ya
que el mensaje es siempre distinto y están ubicados en el tiempo y en el
espacio, más aun cuando emanan de instituciones que gozan por soberanía
de cierta potestad, deben procurar evaluar el impacto y la
interpretación que tendrán.

Por
eso pienso con fundamento que el atisbo de intención que hay detrás de
la carta de las tres Fuerzas Armadas no logra sopesar el impacto sobre
la imagen de nuestra democracia, sin dejar de soslayar cómo se
interpreta fuera de nuestras fronteras físicas y de pensamiento político
y filosófico.

En cualquier democracia
que se precie de tal las Fuerzas Armadas están sujetas a la decisión y
designio del poder civil, no son actores del sistema democrático, no les
es permitido deliberar y deben utilizar su conducto regular, que en el
caso chileno siempre ha sido el ministro de Defensa, por lo cual resulta
más que curioso que un general del Ejército se sienta con la potestad
de calificar
que
“la libertad de prensa es esencial para el progreso de la sociedad
cuando se ejerce con verdad y responsabilidad”. Valga preguntarse
entonces, siguiendo nuestra tradición filosófica, ¿cuál es la verdad y
cuál es la responsabilidad?

Lo
cierto es que lo que realmente irrita y precipita el comentario no es
más que una simple parodia, sátira e ironía, que está presente en todas
las democracias
maduras del mundo.

Solo
queda comentar que el prestigio de las instituciones se basa en la
conducta de sus miembros y en la legitimidad que le otorgue la
ciudadanía y no en la restricción de los géneros de la lírica.

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