Mesa número 1

En
enero de 1987 pasé a inscribirme a la oficina electoral en Avenida
Colón con Bories convencido de querer participar de manera activa en la
recuperación de la democracia en nuestro país. Se anticiparon a mi firma
autoridades políticas y funcionarios del
Gobierno
y municipales de entonces, así como cercanos del gobierno militar.
También se incorporaron otros connotados magallánicos que pensaron igual
que yo y no querían quedarse atrás en la historia.

Año
a año el padrón de esa primera mesa se fue reduciendo por los traslados
de los antiguos funcionarios, y el retorno a sus hogares de los
conscriptos y militares que terminaron sus ciclos en esta región, lo que
hizo que quedaran muchos números inhabilitados. Llegó un momento en que
hubo que unir de a dos mesas para poder elegir a vocales nuevos.

Con
el tiempo se reordenó el padrón nacional y se terminó la voluntariedad
de la inscripción. Así se cruzó la información con la base de datos del
Servicio de Registro Civil y aquellos espacios se rellenaron con hombres
y mujeres que el registro mantenía vigente y también los últimos
ciudadanos que, en ese momento, habían cumplido la edad para sufragar y
que obligatoriamente deberían estar allí.

En
una de las últimas elecciones en que se me nombró vocal y designado
presidente de mesa, nos extrañó la mínima cantidad de votantes
concurrentes y tuve tiempo para revisar el registro, encontrando muchas
decenas de ciudadanos cuyos R
UT eran inferior al millón. Entre ellos estaba el de una tía, fallecida en Argentina en 1974, no reinscrita en Chile. En resumen, la mitad del registro electoral de la mesa número 1 corresponde a personas fallecidas, y, sin duda, en todo el país debe haber ocurrido situaciones simil
ares. Por ello el padrón electoral en Chile y los posibles habitantes de nuestro país es inmensamente superior a la realidad.

Llegará el momento, sin duda, en que se deberá depurar regulándose por ley y se fije el límite,
poniendo fin a aquellos inscritos que superen cien años y que no han
ido a votar ninguna elección. De esa manera se mantendrá el orden y el
respeto por la memoria de aquellos que formaron el espíritu de nuestra
nación, que cooperaron con sus tareas y profesiones a la cultura, a la
política, a la sociedad y, a través suyo, a las nuevas generaciones de
las cuales hoy estamos en la línea de fuego de la historia reciente.

Por
ello resulta oprobioso la burla hacia nuestros muertos de un diputado
que, tal como lo anticipáramos en una columna anterior, se ha convertido
en el nuevo Florcita Motuda del hemiciclo y del cual se hicieron tantas
gárgaras por sus cercanos detractores. Lo que diferencia a uno del otro
es que el ex
parlamentario puede ser considerado excéntrico,
inmaduro e infantil y que su presencia en la Cámara fue por arrastre,
pero quien le ha tomado la posta ha demostrado que tiene el mal adentro y
así lo ha demostrado en numerosas de sus intervenciones, desde su
postulación, elección y ahora con esta nueva “gracia”. No hay manera de
justificar la maldad, ni siquiera la impertinencia. Como a un niño mal
criado
no
merece ser castigado mirando a la pared, porque le dará lo mismo. Hay
personas que no logran entender el mal que hacen y se sienten poderosos
por el sitial que ocupan. El escarnio a que ha sido sometido debe
enseñar a otros a cuidar sus dichos y meditar mejor la fluidez de sus
pensamientos.

Mucho
se ha dicho, por todos los sectores, sobre su impropia actitud, que es
una profunda y desagradable vergüenza que desnuda al sector que
representa gracias a su verborrea incontenible. Gracias por mostrar lo
que piensan los que han estado en silencio hasta hoy.

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