Mi amigo y el árbol

Luchito
Ampuero ha sido un gran personaje del barrio San Miguel y, sobre todo,
un amigo de infancia. Un inolvidable amigo, en realidad, apreciado por
todos los vecinos. Lucho tiene un retraso mental importante y es mudo.
Desde que tengo memoria, su presencia acompañó las calles empedradas de
aquel barrio. Pese a ser 5 años mayor que yo, solíamos jugar juntos,
Lelo, Raúl, Beto, Danilo; a todo eso que jugaban los niños, antes que
llegaran los celulares y PlayStation: a la mancha, el paco librado, el
trineo y el fútbol, donde sin que nadie le dijera, él se ponía bajo el
arco de la cancha de ripio, de donde salíamos con las rodillas sucias y
llenas de costras. Recuerdo que muchas veces, al atajar un taponazo, le
gritábamos “buena, Escuti”. Se comunicaba con nosotros con sonidos
guturales y con señas, pero sobre todo con sonrisas, o con algún gesto
de cariño hacia los niños más pequeños, en señal de protección. A veces,
sus ojos celestes profundos hablaban más que nuestras palabras y
gritos. “Ucho” –como lo llamábamos– vivía en calle Boliviana, y se
pasaba el día frente a la puerta de su casa, esperando ver algún
conocido para saludarlo gentilmente, o al aguaite que se juntaran los
niños, para comenzar a seguirlos, siempre detrás del grupo,
probablemente esperando la aceptación de su presencia. En tiempos en que
no se teorizaban las “inclusiones”, Luchito siempre fue incluido por
nosotros. Al irme de la ciudad y de mi barrio, se me perdieron muchas
cosas, emociones y rostros. Lucho fue una de esas presencias silenciosas
que eché de menos en mi ausencia. Y pasaron treinta años para que me
asomara una vez por la calle Boliviana, donde me reencontré con mi amigo
de infancia. Seguía parado allí, frente a la puerta de su casa. Detuve
el auto, bajé lentamente el vidrio y lo quedé mirando desde el asiento,
sin decirle nada, solo observando su reacción. Dudada que pudiera
reconocerme. Y vi otra vez sus ojos saltones que me miraban fijo, y la
dulce sonrisa que comenzó a dibujarse en su rostro, ya arrugado, hasta
ver aparecer las carcajadas, saltitos y gritos al reconocerme del todo.
Me bajé y nos abrazamos por largos instantes. Él me acariciaba el
cabello y se secaba las lágrimas que caían de sus ojos claros, los que
seguían siendo profundos, cándidos y sinceros.

Mi
amigo de infancia no vive más en el barrio. A la muerte de su madre se
mudó con su hermana, Juanita, “por allá, bien arriba, por el Río de las
Minas” –me dijo una vez un vecino cuando pregunté por él. Yo lo buscaba
para reprocharle de no haberme cuidado el árbol que alguna vez planté
con mi hijo en la vereda del frente de su casa, justo en la equina,
pidiéndole que lo vigilara, para que no fueran únicamente los perros los
que pasen a regarlo. Me prometió hacerlo, pero el árbol se marchitó y
alguna mano cruel debe haberlo arrancado de raíz, sin saber que era

a mí, a quien arrancaban en parte sus raíces. Había plantado aquel
roble pequeño en ese lugar, porque allí había estado la casa de mis
abuelos y el boliche de mi buena tía Milka. Hoy pienso que, seguramente,
Ucho fue fiel a su promesa de cuidármelo, pero al abandonar el barrio,
dejó inconclusa su misión de centinela.

En
nuestra vida solemos toparnos con gente culta e inteligente, la que
respetamos y admiramos. Pero también con otros muchos, que sin brillar
por sus dotes intelectuales, son de alma buena. Es a ellos que
apreciamos y buscamos, porque con su presencia sentimos apaciguarnos,
impregnarnos de lo sano y de lo bueno, y nos es placentero entregarles
lo mejor que llevamos dentro. Personalmente, cuento con muchos amigos y
mantengo con ellos hermosas y fieles relaciones. Los tengo, en verdad,
en casi todos los continentes, y también en Magallanes, otro inmenso
continente. Las buenas amistades son sólidas y se consolidan en el
tiempo. Sin embargo, es deber nuestro cultivarlas con gestos simples de
cariño, con escucha, con presencia. Las prolongadas ausencias, al igual
que los silencios, van dañando los frutos, marchitando las hojas,
enchuecando el tallo, para terminar pudriendo las raíces de ese árbol
hermoso que representa la amistad. Ojalá pueda volver nuevamente a ver
esos ojos celestes transparentes de Luchito. Cuando vuelva al terruño,
en una de esas, tal vez… Es que ho
y me he puesto a extrañar su sonrisa.

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