Mi barrio fue…

Frente
a la casa de mi infancia, vivía una familia muy numerosa, alegre y
generosa. El matrimonio tenía siete hijos, de nombres exóticos algunos:
Rosa, Jovita, Elfega
,
Normandía, Mariano, Octolio y Orfelino. La casa era humilde; tenía
varios dormitorios, una cocina grande con estufa negra y, por atrás, un
patio con chanchos y gallinas. Los Triviño de la calle Arauco recibían
pensionistas y, a veces, éstos eran numerosos. Siempre había alguien en
la puerta o la ventana. Como muchos otros vecinos, nosotros juntábamos
las cáscaras de papas para engordar a los chanchos de Triviño, hasta que
él los faenaba. Entonces, escuchábamos los gruñidos de la chancha y sus
chanchitos y sentíamos compasión. Después, se organizaba una “comilona”
para compartir el chancho; la cabeza, bien doradita, decorada con una
zanahoria en la trompa y rabanitos en los ojos, se rifaba entre los
comenzales. En las tardes de verano, los pensionistas sacaban banquitos y
se sentaban en la vereda. Acompañados por el acordeón de Mariano, allí
escuché por primera vez la Huillincana y más de alguna pericona.

Donde
Danilo había un antejardín con un enorme ciprés, al que se subía,
especialmente en los días de viento, para balancearse desde la última
rama y gritarnos desde arriba, mostrándonos su proeza. Con él fumé mi
primer Liberty, de cajetilla

roja, cuando bajábamos por Independencia para asistir a la preparación
de la confirmación; yo de unos ocho años, él de once. Me atoré hasta las
lágrimas –recuerdo. Su nona Vicenta vivía al frente; era la abuela de
todos los chicos de la cuadra, siempre de negro, preparando dulces en la
cocina, los que nos daba de probar, y nosotros escuchábamos ese
sonsonete de Brac, tan lastimero. Era en su escalerita de tres peldaños
donde yo me sentaba a esperar a mi padre, para verlo subir desde Señoret
cargando siempre algún paquete de carne o fruta fresca.

Frente
a mi casa, vivía Lelo, mi gran amigo de la niñez, fuerte y grande, dos
años mayor que yo. Tenía un sombrero blanco de charro y una pistolita de
vaquero muy pequeña. Yo admiraba su sombrero, porque el mío era chico y
oscuro, pero como yo tenía revolver con cartuchera, eso compensaba mis
celos. Cuando Lelo se fue a vivir a la población Fitz-Roy me puse
triste, y creo que la cuadra cambió con su partida. Yo también tomé
otros rumbos y me alejé de los vaqueros.

Mi
patio colindaba con el de los Cárdenas: Clemente, Auristela, Nélida,
Mirna y Pedrito, gente noble y austera. Recuerdo a la madre lavando las
sábanas en una tina de madera o sembrando papas en octubre. Por el otro
lado, la quinta del vecino era más grande y tenía invernadero. Era de
Mateo, un hombre gruñón, poco amable con los niños, que vendía su
verdura con un canasto de mimbre bajo el brazo. En una casa pequeña
vivían los Díaz: don David y doña Adela. Yo admiraba a Orlando, el hijo,
porque tenía un banderín grande del Colo-Colo. Por la vereda del
frente, doña Serafina y sus tres hijas: Sonia, Susana y Silvia, maestras
normalistas las menores, quienes viajaban en barco a estudiar al norte.
Tres hermanas, siempre atentas y serviciales, y un encanto común.
Silvia fue Alcaldesa y Gobernadora. A los Jakasovic los llamábamos “los
nonos”, dálmatas los dos, y buenos como el pan casero o las prsuratas
que nos regalaban.

Hubo otros vecinos que recuerdo: José, el jornalero, doña
Rosa, la del delantal, Joaquín, el boxeador, Osorio, el zapatero, el
sastre Méndez, Segundo Ruiz, el cura Misa, la Milka, bolichera buena de
corazón frágil, Beto, Nano, Melania y Lulo, el dueño de la “cacharra”, a
la que nos subíamos para ir a gritar por el equipo del barrio. Barrio
que se mantiene anclado a mi recuerdo, que me sigue como sombra y no me
suelta, hasta en t
iempos
de tormenta; barrio que tanto se asemeja a aquel que cantó Eladia
Blázquez: “mi barrio fue una planta de jazmín, la sombra de mi vieja en
el jardín, la dulce fiesta de las cosas más sen
cillas… mi barrio fue mi gente que no está, las horas que ya nunca volverán”.

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