No
cabe duda que luego de la pandemia ni el mundo ni nuestro país volverán
a ser lo mismo. Las consecuencias de este fenómeno sanitario, este
virus invisible que nos puso de rodillas, quizás serán más profundas de
lo que pensamos. En medio de todo esto y aún mirando de reojo el
estallido social, nuestro sistema institucional se ha tambaleado y
muchos dogmas se han derrumbado.
Al
Gobierno, que ya venía debilitado desde el 18-O, le tocó afrontar el
desafío de combatir una enfermedad desconocida que ha puesto en jaque
desde países pobres y pequeños, hasta las grandes potencias. Las
prioridades cambiaron y también comenzaron a quedar en evidencia las
grietas de un modelo neoliberal a ultranza. Aparecieron las ollas
comunes y junto con eso un Chile que exautoridades confesaron no
conocer.
Las
mascarillas ya son parte de nuestra indumentaria y las cuarentenas de
ahora y todas las que hemos afrontado en estos largos meses, han tenido
repercusión en el bolsillo no solo de los más pobres, sino también de
ese enorme grupo al que denominamos clase media donde conviven distintas
realidades, pero también donde la amenaza de caer en la pobreza está
tan solo a un par de meses sin ingresos o a una enfermedad como el
cáncer.
Aún
es muy pronto para hacer balances, pero resulta evidente que el
Gobierno ha llegado tarde y mal con muchas de las ayudas económicas que
la gente pedía y eso ha tensionado la relación con el Congreso, donde
muchas veces le hemos dicho al Ejecutivo que la política del cuenta
gotas para las ayudas urgentes no funcionan.
Es
de justicia reconocer que el proceso de inmunización, pese a algunos
inconvenientes, ha sido exitoso y ha significado proteger a millones de
personas con vacunas que ya fueron certificadas por la Organización
Mundial de la Salud. Pero aún queda un tiempo para poder hablar de
inmunidad de rebaño y, por lo tanto, los problemas de la gente seguirán
apremiando.
Esta semana en el Congreso, después de más tiempo del que las trabajadoras y sus hijos se merecían, logramos sacar adelante la
extensión de posnatal de emergencia que presentaron diputadas de
distintos colores políticos y que logramos cerrar con el Gobierno en la
comisión de Trabajo, que presido. La llave mágica que destrabó el
cerrojo fue el diálogo, el estar dispuesto a escuchar y ceder.
Hoy
que estamos discutiendo sobre mínimos comunes entre el Gobierno y la
oposición, creo que en realidad más allá de eso, tenemos que acordar
sobre Mínimos Éticos si queremos, de verdad, hacernos cargo como
sociedad de los problemas de la gente. Pero esta conversación debemos
hacerla extensiva a los desafíos pendientes sobre temas de fondo que
seguirán ahí después de la pandemia.
Con
un proceso constituyente a punto de empezar y una sociedad expectante,
tanto el Gobierno como la oposición y la clase política en general,
deberemos estar dispuestos a hacer nuestro mayor esfuerzo por establecer
en la forma y en el fondo Mínimos Éticos a partir de los cuales
comencemos a construir las bases de un Chile más justo para todas y
todos.