En
diversos ámbitos es más común de lo que imaginamos, aplicar a ultranza
una ley económica que nos achaca a todos. ¿Cuál, cuál es? La ley del
menor esfuerzo. Tiene mil y una aplicaciones, a diario, en todo orden de
cosas. Ya comenzamos el día, a los pocos segundos o minutos del
despertar, es que ya ni siquiera quisiéramos despertar. Y luego del
despertar, ya considerar el incorporarse es otro trámite demoroso, que
cinco minutos más, que diez, que… “¡total, si en diez minutos paso por
el baño, me visto, tomo la mochila y ¡ya!”. Todos los pasos considerados, muy abreviados, solo de cumplimiento, nada pulcros, nada prolijos.
Si así fue el arranque, ¿qué seguirá?, ¿cómo irá la cosa? Difícilmente cambie el comportamiento de modo radical.
No
hay curso o asignatura en que no haga referencia a esta práctica
consuetudinaria nuestra, la de todos. No hay quién se escape. Al
formularla, al explicarla someramente, los estudiantes esbozan alguna
sonrisa, asienten pasivamente. Allí, no hay mucha más vuelta que dar al
asunto en comento.
Les
insisto, desde la primera de las clases, que a la curiosidad natural
que nos asiste a cada uno, ya con la determinación de iniciar estudios
universitarios deben dar curso a mayor inquisición, mayor indagación que
la espontánea, deben ser curiosos profesionales. Ya no es todo dado,
deben procurar satisfacer su inquietud, su interés, y deben saltar la
valla, no pasar por debajo de ella. Deben superarse. No todo es dado ya,
solo insinuado, señalado, mostrado. Deben aprender, deben aprehender,
comprender, interpretar, averiguar, discernir, asimilar, descubrir,
analizar, en fin, mucho, mucho quehacer. En los estudios superiores ya
no hay espacio para el mínimum minimorum.
Ahora
bien, ya no estacionados en el ámbito de los estudios, sino en los
cotidianos avatares de la vida, debemos intentar doblarle la mano a esa
ley económica que señalaba primero, la ley del menor esfuerzo. En el día
a día, en todo orden de cosas debemos procurar alzar el mínimum
minimorum, ello redundará en beneficios solo, en satisfacciones, ni más
ni menos.
¿Se
les ocurre en qué ámbitos de la vida tendríamos que alzar la vara? ¿Qué
dejamos para mañana que deberíamos hacer hoy? ¿Qué? ¿Qué buena idea
asoma, de pronto, en nuestra mente, dejamos de apuntarla y más tarde ya
se ha esfumado? No todo implica dinero, no todo depende de los demás. Es
cierto, muy cierto, debemos moderar trabajo, estudio y descanso, hallar
buen equilibrio en ello. También, la ambición rompe el saco. Sin
embargo, un somero análisis de nuestras vidas da cuenta de que hemos
contenido esa ambición, ese interés, más de alguna inquietud buena, sana
y perdimos la oportunidad de cultivarla.
Y
en lo colectivo, también, todos hemos dejado pasar situaciones que
habrían dado mejor resultado en nuestras vidas. Y no todo es cuestión de
suerte; tanto que se quejan de la mala suerte. Es preciso, no más,
efectuar mayor control de las variables que inciden en mejores
resultados, si ello ocurre, hablaremos de éxito, y no de suerte.
Alcemos
la valla, mayor esfuerzo, más análisis y control, más estudio, más
perseverancia, y… así, solo así, el mínimum minimorum será mayor, más
alto. Caso contrario, de no procurar cambios de conducta, tal como lo
expresaba un columnista hace pocos días, ya pasó la vieja. Ya sucedió,
ya no, ya es tarde, y no hay vuelta que darle para mejorar el
infortunio.
Finalmente, en todo orden de cosas, es de conveniencia optar por mejores mínimum minimorum. ¡A por ellos, oé!