Motociclista

No
quiero caer en la tentación de escribir sobre la contingencia, tantas
veces ingrata y sin dudas preocupante; ya lo he hecho en columnas
anteriores y seguro tendrá que ser así en más de una de las futuras si
este espacio sigue disponible; pero como bien dicen, el relato construye
realidades, y entonces es bueno de vez en cuando hablar o escribir
sobre el lado bello de la vida, a ver si en algo compensamos al mundo
real.

Por
eso, déjenme comentarles que esta semana celebramos el día del
motociclista chileno, y lo hicimos como a los “motoqueros” nos gusta
más: recorriendo una ruta con los amigos, con quienes compartimos el
gusto y pasión por las dos ruedas.

Porque
una cosa es andar en moto y otra distinta ser motociclista. En efecto,
se puede andar en moto por deporte, buscando la adrenalina de la
velocidad o lo físicamente demandante que puede ser una competencia de
enduro, motocross o velocidad; o en una moto deportiva que muchas veces
excede la capacidad conductiva, tal como tantos jóvenes que dan sus
primeros pasos en esto; o no tan jóvenes, con la moto más grande que se
pueden comprar, buscando el reconocimiento o status que ello pudiere
otorgar; o simplemente buscando un medio de transporte eficiente y ágil.
Pero eso no necesariamente es ser motociclista, que es quien anda en
moto por el simple placer de andar en moto, cualquiera que sea, sin
buscar más que la satisfacción de conducir.

Porque
el motociclismo es mucho más que el gusto o afición por la mecánica o
la velocidad, como algunos creen: se trata en realidad de disfrutar la
libertad, sentir el viento en la cara y tener unos momentos – o
kilómetros – de conexión con uno mismo, concentrado en la ruta y por lo
tanto obligado a poner atención a nuestro andar, sin distracciones tales
como ir escuchando la radio o aún conversando con quien nos pudiere
acompañar. Esa “soledad” que te saca del mundo real es lo que explica
que la mayor parte de los motociclistas son personas de “cierta edad”,
generalmente sobre los 45 años, que descubren que su máquina los
transporta no a otro lugar, sino al sueño de la libertad que otorga el
manejar la vida propia, aunque no sea más que por unos kilómetros. Eso
es lo que hace adictivas a las motos.

Es
también lo que explica que pueda haber locos que decidan pasar meses o
años viajando en moto, sin lujos y muchas veces gastando los ahorros de
toda una vida; pero que sin embargo se les ve felices y enamorados de su
máquina, siempre fiel, en las buenas y en las malas; como John y su
preciosa Norton Commando 850 del ’74 que nos visitó esta semana; u Oscar
“Cien kilómetros más” junto a Betty – su vieja y noble Honda 650 – a
quien tuvimos de huésped hace un par de años y que hoy sigue viajando
por Bolivia después de haber recorrido todos los rincones de Argentina,
donde quedó encerrado por la pandemia; o la holandesa Noraly, la famosa
“Itchy Boots”, que nos visitó cuando empezaba su recorrido por América y
requería un cambio de rodamientos para Dahnno, su Royal Enfield
Himalayan. Ellos, al igual que muchos motociclistas locales, encontraron
la forma de escapar de este mundo loco y disfrutar de la libertad
siendo – o soñando ser – dueños de su destino.

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