En unos días más llegará la Nochebuena, esta vez con una decisión de Estado que nos mandata el numerus clausus de parientes o personas con las cuales podemos reunirnos para celebrar el nacimiento de Jesús.
Este año, muchas familias se enfrentarán a la cruel realidad de ver que los puestos de la mesa para la cena de navidad ya no cuadrarán como antes: por primera vez, un miembro de la familia estará ausente, porque ha sido víctima de la pandemia o bien, para evitar un potencial contagio.
Otras familias no podrán celebrar en torno a la mesa, no por la falta de puestos, sino por la carencia de lo necesario para compartir en esta festividad.
Siempre hemos sabido que la Navidad es mucho más que regalos y compras, pero la tentación del consumo provoca una obsesión por los regalos para la familia como para los amigos y por el presente de simple compromiso para los colegas y conocidos. Este afán de comprar, nos aleja del verdadero sentido de la Navidad, pues -más allá de cuáles sean nuestras convicciones religiosas o filosóficas- todos deseamos paz espiritual, concordia entre los seres humanos y un mundo mejor.
Pero no será fácil esta vez enfrentarnos a la Navidad, cuyas vísperas está rodeada de una triple crisis: sanitaria, económica e institucional. La superación de la primera, lo más probable, es que llegue junto con la vacuna contra el virus. La segunda, cuando el engranaje de la sociedad comience dar indicios de recuperación, pero ya no será lo mismo. La tercera es la más lenta en su solución, debido a que las personas han ido perdiendo la confianza y toma mucho tiempo recuperarla.
Con esta realidad de sindemia social –suma de dos o más epidemias- se advierten problemas que afectan la salud de una población en sus contextos sicológicos y económicos. Según estudios especializados, los niños de hoy serán los más afectados en el futuro por consecuencias de la actual realidad. Incluso investigadores de la Universidad de Cornell, concluyeron que los niños que crecen en la pobreza son más propensos a tener una memoria espacial a corto plazo reducida. El estudio también reportó que esos niños muestran rasgos de violencia y acoso en sus conductas.
Todos tenemos el deber de asumir un real compromiso y responsabilidad social para aminorar los dolorosos efectos que tendrá la pandemia. Las autoridades, las empresas y las personas que están en posición de influir en las decisiones de la sociedad, deberían también mostrar más empatía y generosidad. Pero también los profesores, los alumnos, los padres de familia, las dueñas de casa, los jóvenes y los adultos, porque la sociedad está conformada por todos nosotros.
La Navidad siempre es un buen momento para remecer un poco las conciencias y desechar las actitudes egoístas y las descalificaciones que van dañando nuestras relaciones sociales.
Tengo el sincero deseo que en esta Navidad recuperemos su sentido y, más que estar preocupados de regalar objetos materiales, procuremos dar una palabra de aliento al amigo en dificultades, aliviar la soledad de nuestros ancianos, disminuir el miedo que los jóvenes tienen ante un futuro incierto. Son pequeños gestos que pueden transformarse en el mejor regalo.