Negociación

Interesante
es intentar abordar este concepto tan manoseado y tan poco o tan mal
interpretado. Muchos no lo entienden y asumen como si fueran simples
slogan que utilizan los políticos para confundir a la población o
hacerles creer que tienen un verdadero control sobre sus destinos. Para
ellos el poder de la comunidad termina al poner el voto en la urna y
luego que “sea lo que Dios quiera”. Se produce el desentendimiento de la
realidad, hasta la nueva elección y mientras tanto padezco, critico o
muero.

Muchos
creen que se debe identificar el poder con la coacción, con la opresión
o la violencia, en el sentido de que quien lo detenta puede aplicarlas
como principio básico de su ejercicio. Parecieran querer compartir que
el poder nace para frenar la violencia y con ello poder contrarrestarla
con actos igualmente violentos “de autoridad”.

Después
del estallido social se inundaron las redes sociales y la televisión de
imágenes de vandalismo y destrucción, lo que sirvió para que quien
detentaba la autoridad pareciera que estaba perdiendo el control del
poder. Algunos vieron la ocasión de llamar a las fuerzas a “imponer
orden” y con ello provocar el principio de una masacre que, hoy,
estaríamos recién empezando a dimensionar y lamentar. La violencia
desatada allí solo procuró división y si fue alentada o no con
infiltrados del lumpen, narcotráfico o seguridad, ya se verá con el
correr de los años y el análisis respectivo.

El
poder congrega y no excluye a la libertad, pues busca la concordia para
erigirse como fundadora de obras a partir de ideales. No se anula al
ser pues no se acaba en quien lo ejerce, sino que es importante que este
se habilite para continuarse en otro. De esa manera se logra humanidad,
desarrollo social, comprensión comunitaria y lo más importante, acerc
arse
al bien común. Siempre habrá deficiencias y objetivos inalcanzables
para quienes requieran más allá de lo posible, pero el camino del poder
permite acercar posiciones. La máxima expresión de este ejercicio es
cuando “libremente” nos sometemos al otro. Por ello no hubo mayor
derramamiento de sangre en las calles, pues quien actuaba de autoridad
militar entendió la dimensión “del poder que ejercía”.

El
pueblo de Chile tiene el poder en sus manos. Sí. Así es. Se congregó
pacíficamente en todas las ciudades del país para manifestar su fuerza y
lo hizo sin violencia. Sus peticiones fueron formuladas con dureza,
pero con respeto y no se ensuciaron con la acción de los violentistas
que se dedicaron al irrefrenable saqueo. Ellos no tenían respeto a ese
poder, porque no lo entendían.

Independiente
de los acuerdos arribados en el Congreso, el pueblo ejerció su
autoridad y sin anularse participó del plebiscito determinando la forma
en que se habrá de llevar a cabo el proceso constitucional y, a pesar de
que muchos creen que, con vacaciones y festi
vidades
de fin de año, la comunidad entró en un profundo letargo, la realidad
es que está esperando el momento de mostrar, una vez más, que está
capacitada para ejercer esa autoridad.

Quienes
no entienden la naturaleza del poder, enmarcada en la frase que titula
esta columna, se retroalimentan con la esperanza de que exista una
confusión entre las listas partidarias de Gobernadores, Alcaldes y
Concejales para así arrastrar a quienes integraron a sus listas de
convencionales. El pueblo sabe que hay una gran diferencia en ambos
procesos: uno en el cual deberán optar “por lo que hay”, y en el otro
por lo que quieren que exista, subsista y cambie lo que hoy nos rige. El
poder está en manos del pueblo y es necesario que lo entienda y lo
crea.

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