El
impacto político que ha provocado la denuncia sobre la venta de las
acciones del presidente Sebastián Piñera a su amigo el Choclo Délano, en
la Mina Dominga, resucita el debate sobre el dinero y la política,
relación que siempre ha existido y que difícilmente dejará de existir.
La importancia del dinero y el conflicto de intereses nunca han sido
ajenos a la política, pero al menos en democracia se alcanzan los
consensos mínimos para que esta relación sea tolerable, se contenga y se
mantenga dentro de ciertos limites socialmente aceptados. Desde el
despojo de tierras ancestrales, las concesiones fiscales, los contratos
de favor, hasta el más modesto de los concursos públicos, Chile ha
conocido del nepotismo y los conflictos de intereses. Nuestra
democracia no ha logrado superar aquellas expresiones
que se le atribuyen a Carlos Ibáñez del Campo: primero está la familia,
en seguida los amigos, y si algo queda, los demás.
En
este caso, la situación es especialmente grave porque se compromete el
ejercicio mismo de las potestades públicas. O sea, yo vendo bajo
condición que a mi amigo y comprador nada le ocurrirá porque el
Gobierno, que yo presido, llamará por teléfono y solo controlará las
emisiones y aplicará las normas sobre medio ambiente para los demás.
Por cierto, es igualmente lamentable el triste rol que en todo esto ha
cumplido el Ministerio Público, reducido a una institución que investiga
delitos menores pero espectaculares. La noticia impacta porque nos
recuerda que de nada sirvieron las cien horas de clases de ética a que
fue sentenciado el Sr. Délano.
En este contexto, nadie razonable puede creer que primero está el
interés de Chile, y que los niños son los primeros en la fila; esto
explica no solo el desconcierto sino que la absoluta falta de motivación
por los partidos políticos, si todo es una cuestión de intereses en que
a diario la caja de Pandora entrega nuevas sorpresas, es razonable que
las nuevas generaciones aprendan rápidamente que lo primero es hacer
familia, pero no aquella católica tradicional, sino que conformar grupos
de intereses que funcionen. O sea, ojalá formar en el seno de las
organizaciones, de cada una de ellas, verdaderas casas dinásticas a las
cuales nadie más ingresa. En definitiva, máquinas de poder y relaciones
personales que garantizan un rápido ascenso a posiciones de privilegios y
de riquezas que no son viables en condiciones de trabajo duro y
abnegado.
Contrasta esto con las exigencias sobre emisiones, declaraciones de
impacto ambiental y exigencias burocráticas que se formulan para los
demás. Así, el problema de Mina Invierno parece ser que no
tocó la tecla o no hizo el llamado telefónico que debía hacer. O sea,
su problema nunca fue medioambiental, sino que no haber pertenecido a la
familia adecuada, los costos los pagaron los demás, los cientos de
familias y trabajadores que perdieron sus empleos porque no se
posicionaron del lado adecuado, sino que en la vereda de enfrente, de
quienes son destinatarios de las normas y no tienen poder resolutivo alguno.