¿Negrita racista o Chokita inclusiva?

En
la semana nos enteramos de la decisión de la multinacional Nestlé de
cambiar el nombre a uno de sus productos de histórico reconocimiento
entre los chilenos. Hablo de la galleta bañada en chocolate “Negrita”,
la cual ha sido rebautizada como Chokita.

Lo
anterior no reviste mayor importancia, ya que son millones las empresas
que cambian el nombre de sus servicios y productos a lo largo de los
años. De hecho, el departamento de marketing de Nestlé debe estar más
que satisfecho, porque este cambio ha originado variados comentarios y
memes en las redes sociales. Lo remarcable es la razón del cambio de
nombre basado en “la identificación de conceptos que pudieran
considerarse inapropiados y sensibles a distintos grupos sociales”. Es
decir, la marca Negrita podría ser considerada “irrespetuosa y
discriminatoria” en términos raciales y de sexo.

En
Argentina, hace poco tiempo ocurrió algo similar. La empresa Molinos
produce desde 1955 la harina Blancaflor, la cual tenía impreso en su
envase el clásico logo de una cocinera negra con blusa blanca y delantal
rojo. La actual percepción era que se “percibía a la mujer del envase
como una representación de la explotación o esclavitud”. En
consecuencia, la empresa reemplazó a la “negrita” por una imagen de unas
manos femeninas blancas revolviendo la harina (sexista y racista si
somos consecuentes con los tropeles izquierdistas). En fin, la acción
fue aplaudida por los habituales vociferantes en redes sociales, ya que
para ellos, el histórico logo era racista. El debate prendió, y la
harina Blancaflor se transformó en trending topic, igual que nuestra
galleta Negrita de Nestlé en Chile. Lo que aún no aquilatan los
marketeros de Nestlé es que las ventas harina Blancaflor tienden a la
baja.

En
España, el Parlamento discute la “Ley para la igualdad real y efectiva
de las personas Trans y para la garantía de los derechos de las personas
LGTBI”, por la que cualquier individuo podrá modificar la mención de su
sexo en el Registro Civil por su mera declaración de voluntad
ratificada en el transcurso de tres meses. Así la persona tendrá
oficialmente el «sexo» que haya «preferido», aquel con el que se
«identifica» si resultase que no coincide con el «asignado» al nacer.
Sin embargo, los paladines de la igualdad, no cuentan el trasfondo de
las injustas desigualdades que crean. Ejemplo: Claudio se auto
identifica como mujer y se cambia a Claudia para todo efecto legal.
Claudio (ahora Claudia) está unida con Yasna, ambas atletas (¿atletes?)
lanzadoras de jabalina. Claudio, como hombre, apenas clasificaba a los
eventos deportivos debido a sus marcas masculinas. Yasna, es una
destacada campeona nacional. Pero ahora, Claudia gana la medalla de oro,
los premios y mayor financiamiento para deportistas olímpicos,
relegando a segundo plano a Yasna en detrimento de sus ingresos, porque
ya no obtiene el primer lugar. Sin mencionar, que por ley de Paridad de
Género, Claudia (ex Claudio) podría integrar algún organismo público,
empresa, adjudicar beca cultural u otros beneficios sociales, cosa que
un hombre no hubiera podido optar. Actualmente, este sin sentido ocurre
en los JJ.OO. de Tokio.

Como
se entenderá, la discriminación es evidente, dejando en un pésimo pie
la emancipación feminista. A su vez, los hombres – los no avispados –
también recibimos un peor trato, haciendo de este tipo de leyes fuentes
de discriminación y monumento a la imbecilidad e injusticia.

Para que no me acusen de clasista y discriminatorio, me despido de ustedes, porque voy a comer un rico “bife a lo vulnerable”.

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