No, así no. ¿Cómo debería ser? Cada día es buena oportunidad para descubrir buenas nuevas o, derechamente, construirlas, darles forma, pacientemente; su vez, el atolondramiento, a veces, es imprudente.
En la cotidianidad es común encontrarnos con rasgos duros, semblantes severos, y esto ya a muy poco andar en el inicio de un nuevo día. Ya en el consabido saludo verbal dado, bien dado, o no hay respuesta, o solo encontramos una, pero sorda, baja, y sin un contacto vis a vis.
Así las cosas, dan pocas ganas de perseverar, o quizás, por eso mismo, es mejor insistir, y multiplicar esos saludos verbales y no verbales de encuentro o reencuentro, y dar puntapiés iniciales a escenas de bien estar individual o comunitarios. La idea es que lo dado, lo otorgado se multiplique, se multiplique y se multiplique.
Quizás no hay motivos particulares para ir confiados, pero hay que salir a buscarlos, esperanzados, ilusionados, sino convencidos o creídos.
Y, a lo mejor, no esperar, sino ir pasos adelante en la generación de buenas nuevas, con optimismo, con alegría, con confianza. ¿Cómo hacerlo? Ya lo insinuamos antes, saludar, saludar, no descuidar ni mezquinar el saludo, sea que nuestro semejante sea alguien conocido, muy conocido o querido, o que sea alguien a quien no conocemos, por ejemplo, el conductor del bus, del colectivo, quizás tan solo alguien con quien compartimos transitoriamente el paradero de buses, ¿por qué no? ¡Por que sí! Luego, el saludo al portero en el liceo, al guardia en el lugar de trabajo, ¿a propósito sabemos el nombre del guardia, por ejemplo? ¡Tarea por realizar, también! ¿Se saben, o sabemos el nombre del asistente de la educación en la escuela, o en el colegio? ¿O el nombre de la asistente de la carrera en la universidad? Todos, todos son personas, seres humanos como yo. Sienten, sentimos, quieren, queremos, aman, amamos, experimentan, experimentamos dolor, pena, se alegran, nos alegramos del mismo modo, ríen, reímos, en fin, la lista es larga; somos iguales, aunque diferentes o somos iguales, aunque diferentes.
Razones hay, razones habrá, para sentirnos contrariados, un momento o dos, pero extender ese momento a tiempo completo, ya no es tan saludable. Hay que buscar el lado bueno, el lado bueno a la vida. Y si de otros se niega ese lado, seremos nosotros mismos quienes llevemos la iniciativa.
Es preciso desacelerar la marcha, bajar un cambio, sino dos. ¿Cómo podríamos hacerlo? Si bajamos la marcha, se puede convertir en un caminar consciente, reflexivo, pacífico, observador, humano, al advertir que otros también se desplazan y, por ejemplo, los saludamos ya con el gesto, ya con la palabra. Al comienzo, quizás ellos no reparen en nuestro propósito, pero hay que seguir ensayándolo, una y otra vez. Y a lo mejor consigamos imitadores. Y eso ya sería una buena noticia. Si nos propusiéramos cada uno de nosotros, sí, cada uno de nosotros, de conseguir, de lograr tan solo una sonrisa o atisbo de ella, dejando atrás el rostro adusto anterior, gatillado quizás por qué motivo y lo cambiamos por un rostro sonriente, otro sería el paisaje. Imaginémoslo, si cada uno de nosotros actúa así con al menos uno de nuestros prójimos, cuán diferente sería todo.
Es ardua la labor, pero no por ello no acometerla. Es grato comprobar cuán buen efecto produce abocarnos a construir humanidad, a ser más humanos.