Ni chicha ni limonada

Mafalda,
personaje del cómics argentino, pero de gran sabiduría, exclamó: “¿A
ustedes, Nunca les pasa, sentirse medio indefinidos?”. El reciente
debate presidencial entre quienes aspiran a representar a la coalición
de gobierno nos provocó esa extraña sensación de indefinición, de
agotamiento, en realidad nos presentó un Estado sin normas, con un shock
terminal de anomia, que genera inestabilidad.

Lejos
de concebir el país para los próximos treinta años los candidatos
representaron el desaliento y la inestabilidad propia del desbande y la
pérdida absoluta de convicciones, de pérdida o supresión de los valores
religiosos y morales que hasta hace muy poco ostentaban como el
patrimonio más preciado, todos quienes próximos a la derecha política
enarbolaban la bandera del matrimonio indisoluble entre un hombre y una
mujer, repugnaban del matrimonio igualitario y menos aún admitían la
posibilidad de la adopción entre parejas de un mismo sexo. A los
presidenciables de la derecha chilena solo les faltó promover el
meretricio y la legalización sin restricciones de la cannabis, o
proponer un nuevo emprendimiento, inaugurando una Nueva Amsterdam en el
Barrio Bellavista.

O
sea, el conservadurismo desprovisto de contenido se quedó pilucho, se
exhibió sin pudor, defendiendo solo intereses económicos, con la sola
excepción de Joaquín Lavín, que intentó a duras penas conservar el
decoro, al defender sus convicciones personales pero allanándose a la
voluntad del soberano, invocando el estado laico y democrático,
simplemente patético. Con todo, no ocultaron su faz represiva, su
incapacidad de hacer propuestas políticas sustantivas conducentes a
garantizar la paz social, sólo escuchamos de carros blindados, más
equipamiento e interceptores electrónicos de las comunicaciones
telefónicas de última generación.

El
estallido social los dejó mudos, paralizados, ya nadie defiende los
viejos discursos, como que en Chile, resultaba inaceptable un ejército
de soldados sindicalistas, melenudos y marihuaneros. O sea, estamos
viviendo tiempos de un travestismo político inusitado, casi tan
inconcebible como un Vladimir Putin, que unido al poder de la Iglesia
Ortodoxa Rusa, defiende a ultranza el matrimonio entre un hombre y una

mujer, la moral y las buenas costumbres, quizá la vieja guardia de la
derecha chilena debería darse un viajecito para aprender algo de la
vieja moralidad pública que hasta muy poco defendían a ultranza. En
definitiva, se quedaron si
n
relato, no han comprendido el estallido social y los nuevos tiempos, no
han leído a Mafalda, cuando nos dice “No es cierto que todo tiempo
pasado fue mejor, lo que pasaba era que los que estaban peor todavía no
se habían dado cuenta”.

El problema es que ahora unos se dieron cuenta que estaban mal y otros no terminan de asumir que estaban mejor, frente a esto ni unos ni otros han tenido respuestas.

En este escenario de actores mediocres no es de
extrañar que los jóvenes no militen en los partidos políticos, que
busquen nuevas opciones, quizá menos elaboradas y con propuestas
técnicamente imperfectas pero que percib
en más auténticas, de alguna forma buscan
realizar el mito del eterno retorno, privilegiando los tiempos de los
barbudos de la Sierra Maestra o queriendo realizar idealmente la
revolución con empanadas y vino tinto, aunque sin sacrificar los
beneficios de los denostados últimos treinta años. Con todo, tienen el
derecho de intentarlo y por qué no, si no han tenido freno, capacidad de
respuesta y de un discurso alternativo.

Lo
ocurrido en este debate, que más bien fue un encuentro o rencilla menor
entre parientes peleando por una herencia rancia y desprestigiada, fue
casi una incitación a los viejos tiem
pos, a escuchar la canción de Víctor Jara, …Ud. no es nada, no es chicha ni limonada, se lo pasa manoseando caramba y samba su dignidad…

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