El resultado, un rotundo fracaso, en que ante el intento fallido sólo se quiere salvar las apariencias, los resultados no importan, hay que negarlos, responsabilizar al tiempo, lo breve del Gobierno, la oposición y el ánimo de lucro. La Comisión de Educación en sesión de 1º de agosto, demostró las deficiencias de un mal proyecto para Chile, los trabajadores y la educación pública, no hubo champagne, sino expresiones de falsa conformidad.
La Nueva Educación Pública, se transformó en un triunfo político para la oposición que demostró mejores ideas, capacidad política y asertividad, que se expresó en los compromisos alcanzados: pausa, continuidad del sistema para aquellos municipios que lo han hecho bien e ideas claras sobre los graves problemas conflictos por venir con los trabajadores, que sintetizó el senador Andrés Allamand, así: “por la negociación colectiva, hay que preguntarle al ejecutivo”, “porque es un problema de alta complejidad.” La misma claridad tuvo la senadora Ena von Baer.
En el fragor del debate quedó algo extraordinario para miles de familias –la gratuidad. Las bajas: la matrícula, el Instituto Nacional, con los rendimientos más bajos de su historia, costo de la inclusión, demasiado duro para la democracia asumir que no todos pueden ser excelentes, que hay niños y jóvenes que pueden avanzar juntos pero no revueltos, que no toda forma de selección es arbitraria, pero en educación todo es posible, los padres son reaccionarios que nada saben, es cosa de profesores.
La Nueva Mayoría, no quería reformar sino transformar y terminó en un fallido intento de restauración, un modelo añejo e irrealizable, que no se condice con una población que aspira a la diversidad, a resultados inmediatos, a una rápida inserción laboral. Lo cual es posible en forma progresiva, gradual, tal y como se venía haciendo durante veinte años de Concertación.
El resultado, un retroceso que polarizará y agudizará las diferencias de clase y de acceso a una educación de calidad e incentivará la competencia que se quería evitar. Punta Arenas, como una ínsula, se exhibe sin pudor, como una muestra menor de infantilismo político, donde todo es posible: la improvisación, la histeria, y las mismas consignas ante la incapacidad de asumir los costos de una administración eficiente, es que esos costos tienen nombre, familias conocidas que ya no tienen un espacio en la administración local, pero votan.
El alcalde ofertó salir de las páginas judiciales, pero regresó a ellas con más causas y peores resultados, lluvia de sumarios administrativos y sanciones para los funcionarios municipales. La nueva forma de hacer política, independiente y comprometida con el interés general, regresó del brazo de Sebastián Piñera, está bien, pero era mejor estar informado. La administración local ha fracasado entre la demagogia del pasado y el llanto plañidero del presente, la reforma no la salva, un mecenas quizá sí.