La creencia de que en la
vida se puede conseguir todo lo que la persona quiere y se proponga se
ha ido extendiendo en las sociedades occidentales en las últimas
décadas. Por lo tanto, los niños, adolescentes y adultos han
desarrollado expectativas irreales de éxito, generando una falsa
sensación de superioridad y omnipotencia.
La
tolerancia a la frustración es la habilidad para disminuir el malestar
que genera el no logro de los deseos. Esto no significa resignarse y
sentirse derrotado y no luchar por lo que se quiere. Se trata de
afrontar la frustración de un modo sano y adaptativo.
Los
niños pequeños (0 y 2 años) tienen escasa o nula tolerancia a la
frustración. En esta edad quieren todo y lo quieren de inmediato
(responden a necesidades biológicas, por ejemplo: frente al hambre). Si
no se les da, lloran. Cuando más grandes se enfadan, tienen rabietas. Es
decir, se frustran al no conseguir sus deseos. Durante la infancia, los
niños piensan que el mundo gira alrededor de ellos, que el mundo existe
porque ellos existen, no saben esperar (no tienen aún desarrallado el
concepto del tiempo) y les cuesta mucho pensar en los demás y sus
necesidades. Entre los 3 y los 6 años se vuelven más autónomos y ya
pueden conseguir algunos de sus deseos solos, descubren que hay un mundo
afuera que “no es yo”. Un mundo en el que hay normas (las de la casa,
el colegio, etc.). Aprenden gradualmente que no todo gira en torno a
ellos, que sus deseos no son satisfechos y que muchas veces ni siquiera
consiguen lo que quieren. Lo anterior se desarrolla con mayor énfasis
cuando el niño acude al jardín o a la escuela. Porque en la interacción
con otros de su edad se facilita este aprendizaje.
Algunas sugerencias sobre cómo desarrollar la tolerancia a la frustración en los niños son las siguientes:
–
Enseñarle a tolerar la demora en conseguir lo que quiere. Si pide algo,
no dárselo inmediatamente (siempre que no sean necesidades biológicas)
sino cuando pueda o el adulto considere oportuno. Además explicarle en
qué momento lo tendrá, o por qué no lo tendrá.
–
No ceder frente a las rabietas de los niños cuando quieren algo porque,
si lo consiguen así, se estará premiando esa conducta y por ello la
volverán a repetir.
– Enseñarle que no hay que rendirse a la primera, porque siendo constante se pueden solucionar muchos de sus problemas.
–
Reforzar los pasos y no solamente el logro de las metas. Con ello se
favorecen las acciones y el esfuerzo. Así podrá valorar no solo el
objetivo final.
– Los juegos por turnos ayudan a reducir la impulsividad y la impaciencia.
–
Desdramatizar “el perder”. Así los niños podrán ir quitándole el temor a
esto. Señalándoles frases tales como “no te preocupes, a veces se gana y
otras se pierde”, del error podemos aprender nuevas estrategias, etc.