¿No al socialismo?

En la columna de la semana pasada “¿No al capitalismo?” planteamos la conveniencia del sistema de libre mercado capitalista. De la misma forma, hoy nos hacemos la pregunta si el socialismo es el mejor camino para generar prosperidad, donde las personas se preocupan que sean todos iguales, compartiendo los bienes colectivamente y donde cada uno hace su aporte. Dicho de esta manera, ¿no es el socialismo de propiedad colectiva y solidaridad planificada, la mejor manera de organizar nuestra sociedad? Los defensores del socialismo apelan a una superioridad moral frente al capitalismo sosteniendo el principio de igualdad de oportunidades y en el principio de comunidad. El primero, elimina las desventajas iniciales o inmerecidas, tales como una herencia proveniente de padres ricos (recordemos la reciente propuesta de unas diputadas para limitar el monto de las herencias) o enriquecimiento fruto de los talentos (altos impuestos a los futbolistas de la selección chilena de fútbol). El segundo principio, plantea que las personas se preocupan unos de otros. Estos principios deben actuar copulativamente, ya que de existir la posibilidad que las personas tomen sus decisiones libremente (en base a las  intrínsecas capacidades de cada uno) la diferenciación es inevitable, por ende, el florecimiento de la desigualdad. Sin embargo, en una comunidad socialista no es posible dicha desigualdad, ya que impediría que sus miembros empaticen unos con otros (las circunstancias de un rico son distintas a los de un pobre), y la persona que es muy distinta termina por alejarse de la comunidad. Dicho lo anterior, el socialismo sería  preferible al capitalismo porque es capaz de reorientar el individualismo y codicia capitalista hacia un comportamiento más generoso y comunitario. En Chile, consciente o inconscientemente, no son pocas las personas que no logran  diferenciar los juicios de lo que es intrínsecamente bueno de los juicios sobre lo que es posible, de lo deseable y lo factible, del hombre ideal y el real, apelando que lo deseable es la mejor manera para vivir  en comunidad. Sin embargo, esas mismas personas olvidan que todo sistema económico requiere de algunos elementos básicos para funcionar: información para coordinar acciones, incentivos para inducir a la gente de actuar según la información y  el aprendizaje por el cual la gente responde mejor en función de la información  e incentivos que recibe. Entonces, vale la pena reflexionar y cuestionar, ¿Cuál sería el sistema distinto al sistema de precios que refleje toda la información de demandantes y oferentes? ¿de qué manera logra el socialismo que las personas trabajen por el bien del otro como si fuera una familia? ¿qué sucede con las personas egoístas o perezosas que no están dispuestas a colaborar? ¿Cómo el socialismo resuelve el aprendizaje de agentes individuales o institucionales sin información e incentivos? Lo más probable es que un socialista no tendrá una respuesta precisa a estas interrogantes, si no que soportará sus  argumentos apelando a un sentido de “justicia social” que soslaya nuestras imperfecciones como seres humanos, recitando un sueño de un hombre imaginario con tal capacidad de amor que nuestros talentos y esfuerzo estarán dispuestos voluntariamente para la comunidad.

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