El
Estado de Chile es un estado fallido. Lo es porque no cumple con el
mínimo para justificar su existencia. Ciertamente el Estado, como todo,
es una invención humana, una idea para lograr vivir en paz. Sí, la
primera razón del Estado es garantizar el orden público, por eso le
entregamos el monopolio de la fuerza y aceptamos su existencia. Esa es
la primera razón para aceptar en la justicia de los tributos. Hoy en
Chile, y en gran medida por las acciones anteriores de quienes nos
gobiernan, vivimos una crisis de seguridad como no habíamos visto.
Algunos dicen que son “sensaciones”, pero lo cierto
es que, aunque numéricamente algunos justifican que no hay un alza, sí
vemos crímenes nunca vistos. La ciudadanía ha modificado su vida para
ajustarse al avance del crimen organizado y de los delitos comunes. Los
delincuentes tienen más derechos que el común de los ciudadanos. La gran
pregunta es ¿cómo llegamos a esto?¿qué más tiene que pasar para que se
tomen las medidas que corresponden para devolvernos la paz? Esta semana
todo pareció tocar fondo a nivel de opinión pública con la muerte de un
menor de 5 años alcanzado por una bala en su casa por ajuste de cuentas
de bandas. Es entonces cuando todos decimos, ¡Basta!
Pero
¿cómo llegamos a esto? La verdad es multifactorial y de largo tiempo.
En primer término la pérdida de autoridad a todo nivel que se ha
instalado como la norma de lo que siempre augura la no posibilidad
social. Todos los grupos empoderados quieren hacer valer a la fuerza sus
demandas. Es por otra parte la política excesiva e irracionalmente
garantista para con los delincuentes establecida en Chile desde la
Reforma Procesal Penal. Cuando los delincuentes tienen más garantías que
las víctimas, algo no está bien. Es la sobre ideologización existente
en los tribunales de justicia que instaló la llamada “puerta giratoria”,
partiendo de la falsa premisa que las responsabilidades individuales no
son tales, ya que es la sociedad y el modelo los culpables de la
criminalidad. Es la falta de consecuencias reales a las malas acciones
que van desde la no posibilidad de expulsión de un colegio por
comportamiento, a no tener que pagar lo que se destruye o a liberar a
criminales en forma reiterada, lo que se manifiesta en la lista de
prontuarios de muchos que luego vuelven a tener la posibilidad de
delinquir. Es y ha sido la política irracional de inmigraciones y las
voces irresponsables de la izquierda que han buscado alentar la entrada
de ilegales, mucho antes de Cúcuta. Fue también la decisión política de
los parlamentarios de izquierda de no aprobar nada que ayudara a frenar
lo que podía servirles a sus fines políticos.
Sí,
la generación que hoy nos gobierna “lucró” de la violencia y “pololeó”
con el crimen. El desorden les permitió levantar un relato e iniciar la
revolución. Desde ese proceso mancillaron y atacaron a Carabineros y
policías, gritando a los vientos que en Chile no había ley, ni orden.
Fue esa violencia desatada que quemó literalmente al país la que les permitió llegar al gobierno, sin experiencia, ni pergaminos.
Hoy
en el gobierno, dicen estar preocupados. La verdad es que no les
creemos. Son ellos los que alentaron a los criminales a ver a Chile como
un lugar donde se podía delinquir en impunidad. Torpedearon
sistemáticamente cualquier ley que ayudara a garantizar la seguridad y
que permitiera mano dura y efectiva contra criminales. Son ellos los que
indultaron a los supuestos “presos de la revuelta” que en muchos casos
eran y son criminales condenados por más de una causa. Son ellos los
que no quisieron hacer nada real contra la inmigración indiscriminada y
que manifestaban que el problema de Chile es que tenía muchos chilenos.
Hoy
en medio de la Emergencia de Seguridad, que evidencia que el Estado es
fallido, quieren volver a instalar un “pacto Fiscal”, subir los
impuestos. Realmente parece una broma de mal gusto. Mucho se paga para
no recibir ni el mínimo, seguridad. Para complicar aún más esto frente a
nuestras narices se roban la plata de los presupuestos subutilizados
desde mecanismos sofisticados y con tratos directos. Además, mantienen
programas mal evaluados para “financiar” a sus amigos. Basta, no hay
piso moral para cobrar ni un peso más a nadie. Han degradado tanto el
Estado que ha perdido su razón de ser. Seguridad es el mínimo, sin eso
no hay nada.