La
historia señala que las primeras manifestaciones circenses tuvieron
lugar, paralelamente, en Mesopotamia y en China, unos 3 mil años antes
de nuestra era. La palabra circo, de origen griego, es sin embargo
posterior, y designa una representación artística popular. Siglos
después, los Romanos hicieron del circo un espectáculo cruel, donde se
afrontaban esclavos para divertir a emperadores y patricios. El período
renacentista europeo marcó la época de oro de este tipo de diversión,
alcanzando grados importantes de perfeccionamiento; es en esta época que
aparecen las carpas para albergar los espectáculos, y los artistas
comienzan a desplazarse en caravanas entre ciudades y poblados. Desde el
siglo XVII, las artes circenses incluyen exhibiciones de individuos con
deformidades físicas, en los llamados espectáculos de “fenómenos”. Uno
de los casos más famosos fue el del “hombre elefante”, cuya historia
llegó a la pantalla en los años 80. En la actualidad, ciertos números
tradicionales, como las proezas de animales enjaulados, tigres
atravesando arcos encendidos o elefantes caminando en dos patas, son
socialmente rechazados y, en algunos países nórdicos y Canadá, los han
prohibido. Dado que la actual proposición de Constitución, contempla la
obligación de proteger a los “seres sintientes” (animales) todo indica
que en Chile, de ser aprobada, se adoptarían similares medidas.
¿Qué
niño no ha soñado con a ser trapecista, ilusionista o malabarista? ¿Y
quién no ha reído con las payasadas de un tony de zapatos grandes y
nariz colorada? Circos como los de la compañía de la familia Venturino
(Águilas Humanas), de Caluga, Tachuela, Farfán y otros, han marcado
época y entretenido a generaciones de adolescentes y niños. Arraigados a
nuestra idiosincrasia, todos apreciamos y sentimos cariño por esta
tradición popular. Los circos merecen entonces todo nuestro respeto.
Y
así lo piensa, justamente, Agustín Maluenda, el payaso chileno que hace
unos días alzó su voz para quejarse de las reiteradas comparaciones que
se hacían entre su gremio, vale decir, el circense, con episodios de
desorganización ocurridos en la Convención Constitucional. Su molestia
se produjo, específicamente, por el comentario del Secretario General de
este organismo, Sr. John Smok, formulado el 26 de abril, cuando después
de observar en la pantalla el voto a distancia del convencional Sr.
Claudio Gómez, –quien manifestó su preferencia por aprobar la
disposición en tabla desde la ducha– expresó en voz baja, pero audible, a
la Presidenta, Sra. María Elisa Quinteros: “¿qué hacemos con este
circo?” Ofendido por estas expresiones, que no han sido las primeras que
se utilizan con relación a comportamientos o actos tales como
guitarreos en la testera para explicar el voto, sahumerios en los
pasillos e insultos en la asamblea, el artista expresó formalmente su
queja ante las cámaras de televisión: “Quiero compartir el malestar, no
solo de mi parte, sino el de un gremio que no molesta a nadie”. Y luego
agregó: “cuando dicen que el circo es desorden, que es una payasada,
nosotros nos sentimos mal”. Así lo expresó, en tono quejumbroso, aquel
payaso que oficia con el nombre artístico de Pastelito.
Sucede
que hay ocasiones en que, efectivamente, utilizamos la expresión “es un
circo”, para referirnos a un despelote o desorden, a algo que no
funciona, que es poco serio, a la excesiva burocracia administrativa. Y
lo cierto es que no debiera ser así, ya que ningún Gobierno, Parlamento,
Convención, o ninguna otra institución, debieran ser calificadas de
circo, toda vez que a nuestro entender éstas no cumplirían con sus
funciones. Además ¿Por qué tildar de circo algo que es inoperante,
desorganizado, irracional, complicado al extremo? El mismo payaso
Pastelito, expresaba que los circos son muy bien organizados, y que sus
integrantes trabajan duro para subsistir. Que en el seno de una
institución existan personas que, ya sea por su proceder, expresiones o
conductas, desprestigien la función encomendada o la conviertan en
chacota, no nos autoriza a emplear esta metáfora que, como ya lo
sabemos, ofende a la profesión circense. Además, estimo que esos
comportamientos –siempre excepcionales, por cierto– debieran causarnos
más bien indignación y rechazo.