No todo está bien

Extorsión, evasión,
plagio, coima, abuso, maltrato, saqueo no solo son palabras feas, son
acciones imprudentes, maliciosas, malhadadas, impropias, deshonestas,
incorrectas.

¿Me
contradigo? Si ha leído alguna columna de opinión mía, titulada “No
todo está mal”, puede ser que le dé la razón, aunque en esa columna
pretendí ubicar la expresión en un contexto mayor, no necesariamente
local, y también en ella discutí la variante lingüística de la
expresión, más bien. Sin embargo, en esta, lo que discurro, lo que
examino es nuestro andar, nuestro hacer, el de todos, el de muchos, el
de algunos, no pocos.

Las
acciones nefastas que menciono en el primer párrafo son algunas, solo
algunas (la lista a enumerar es extensa, la verdad) y no nos dejan bien
parados, tanto sean acciones ocasionales y, peor, mucho peor, si se
trata de prácticas inveteradas, reiteradas, así como coordinadas, al
involucrar a muchos en su ejecución.

Hace
solo unos días, una organización no gubernamental, Transparency
International, que con cierta periodicidad evidencia métricas que dan
cuenta del grado de transparencia de los estados o naciones en el mundo,
mostró cómo unos mejoraban un poquito sus índices anteriores y cómo
otros países retrocedían algo. Nadie, ninguno querría desandar, todos
querríamos mejorar esos indicadores, corregir las marcas anteriores,
lamentablemente no pocos actos individuales o colectivos traban o
manchan ese andar e inciden en esa métrica internacional. Y es claro,
estas acciones socavan, minan, debilitan, corroen. La corrupción implica
peligro, genera miedo, muestra oscuridad, crea desconfianza, desanima,
confunde.

Cuántas
malas acciones develan corrupción en la función pública o privada. Sin
pretensión de establecer un orden o clasificación, menos acabar el tema,
listo algunas cuantas: derroche, falsificación, evasión, engaño,
chantaje, prepotencia, intimidación, estafa, desfalco, soborno, robo,
extorsión, saqueo, indolencia, privilegio, discriminación, lavado de
dinero, fijación de precios, apropiación indebida, nepotismo, amiguismo,
trabajo forzado, entre otras. Una nómina como esta, ya lo señalé, no
orgullece, más bien apesadumbra, desalienta.

¿Cómo
hacer, qué hacer? Por lo pronto, transparentar, revelar, descubrir,
mostrar, sacar a la luz aquello oscuro, turbio, que causa enojo y dar
pasos a su esclarecimiento. Luego, corregir, normar o penalizar.

La
educación es la piedra de tope, es la gran ausente en todas esas malas
acciones. No lo dudo, y no me refiero a las notas malas, a cursar bien o
mal las asignaturas de un plan de estudios, más bien es el
comportamiento, la conducta, el orden; es lo actitudinal lo que no
comparece esta vez, y esta práctica debe ser acompañada con la recta
formación en el seno familiar. No lo duden, el fin último de la
educación es ayudar a hacernos mejores personas.

No esperemos de otros el cambio, cambiemos nosotros o démosle un nuevo giro o impulso.

No
es poca la tarea. Mañana es el día. Y tengámoslo claro, son muchos
mañanas, no uno sí, otro, no. Hay que otear el rumbo, la meta, el fin,
el bien estar y fijar el timón. ¡Vamos! ¡Es posible! Insisto, no es
tarea de otros, es tarea de todos.

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