Chile
eligió al actual Presidente de la República con la esperanza que una
nueva generación tuviera una mirada y una gestión distinta y mejor.
Muchas expectativas se generaron incluso de la mano de un nuevo texto
constitucional, del cual el Presidente fue partidario sin conocerlo
siquiera. Un rock star llegaba a La Moneda y Boric todo lo podía. Muchos
vislumbraban una nueva etapa en la historia patria, llegando incluso el
Presidente a compararse con Frei Montalva, Tomic, Leigthon y otros
grandes políticos de antaño. Nos dijo también que ellos son unos
adelantados y que por eso no comprendimos el proyecto constitucional
rechazado mayoritariamente por la ciudadanía. Jackson por su parte nos
notificaba de una supuesta superioridad moral de su generación,
subiéndose a los altares de la moralidad y de la ética.
A
poco más de un año del ejercicio del poder por parte de la nueva
generación de políticos de izquierda, todo aquello que subía como la
espuma, se ha difuminado por los porfiados hechos de la política
nacional. El país se fue dando cuenta que Boric no es Allende ni menos
Frei Montalva. Que en parte alguna se puede encontrar superioridad moral
de parte del Presidente, sus Ministros y colaboradores. Que el proyecto
de Constitución fue rechazado tajantemente y con ello se pospone el
sueño refundacional de la izquierda radical. Con estupor nos dimos
cuenta que el Gobierno perdió un año precisamente en gobernar, algo que
en tiempos vertiginosos en los que acontece el mundo es una farra nunca
antes vista en la historia nacional. Sin embargo y a pesar de estas
circunstancias, el Presidente insiste en que Chile tenga otra
Constitución, como para tratar de conjurar sus miedos, complejos y
fantasmas. Omite que de aprobarse un nuevo texto constitucional, la
segunda mitad del mandato presidencial estará ocupada en adecuar la
legislación vigente a la eventual nueva Constitución; es decir, nada de
las urgencias sociales y económicas serán prioridad para este gobierno,
quien habrá para esa época ocupado sus cuatro años de mandato en temas
constitucionales, relegando los verdaderos problemas sociales en todo su
periodo presidencial ¿Merecemos como país estar ocupados en por
ejemplo, el número de Diputados y Senadores que tendrá el Congreso
Nacional? Aspectos como estos importan en demasía a los políticos
profesionales y de los otros, pero repugnan a la conciencia de quienes
sufren los rigores de la situación económica actual.
Es
cierto que la Constitución importa mucho en las sociedades civilizadas,
pero en Chile tenemos en general una muy buena Constitución. Esto
también las personas lo han ido entendiendo, pues bajo las actuales
normas el país ha avanzado social, económica y culturalmente. Es
evidente que no estamos en el Paraíso terrenal, pero es claro que
estamos adelantados en muchísimos aspectos en relación a Latinoamérica.
Hoy sabemos que quienes desearon dejar un pasado ominoso según su
visión, están ahora aliados con los autores de los “ominosos” últimos
treinta años de la vida nacional. Una contradicción insalvable, pero que
llevan como si tal cosa.
¿Nos
merecemos que el país a partir del año 2024 se ocupe de cambiar todo el
andamiaje legal para adecuarla a una eventual nueva Constitución?
¿Merecemos que los políticos, el Congreso Nacional, los servicios
públicos y todo el aparato público tengan como prioridad ocuparse en
tener nuevas normas, en vez de mejorar las actuales? ¿Nos merecemos
pasar años en cambiar lo que funciona y desechar lo que no en vez de
arreglarlo?