Medellín
es un ejemplo de aquellas ciudades que lograron superar una severa de
crisis generada por el crimen organizado. A los arquitectos nos encanta,
ya que la pacificación se vincula al “urbanismo social”, que consiste
en levantar proyectos de arquitectura en los barrios tomados por el
narco, que se conectan con el resto de la ciudad mediante modernos
teleféricos y tranvías. El caso se hizo conocido a nivel mundial y su
promotor, el exalcalde Sergio Fajardo, saltó a las ligas mayores de la
política colombiana.
Pero
como en toda historia, existen lados oscuros que se omiten. Una serie
de Netflix los mostró y recibió duras críticas de Fajardo por
estigmatizar Medellín. Pero más allá del guión y la música gringa, la
locura que muestra “Narcos” existió y la pacificación se inició a sangre
y fuego, mucho antes de los proyectos de arquitectura y los
teleféricos. El ex Presidente Luis Uribe Vélez jugó un rol clave, que
hasta hoy es reconocido por millones de colombianos y criticado por
otros tantos, que lo acusan de violar los derechos humanos y amparar
casos de corrupción.
Supe
de esta historia oculta cuando visité Medellín para conocer el
urbanismo social. Entonces conversé con un profesor que me contó el
período de terror que le tocó vivir cuando explotaban coches bombas en
centros comerciales, ejecutaban a jueces y secuestraban a empresarios y
políticos. Le pregunté porque no había arrancado con su familia y la
respuesta me dejó helado. “porque te vas acostumbrando”.
Primero
naturalizaron las ráfagas en los cerros populares de Medellín. Luego se
acostumbraron a los asesinatos de policías. Cuando llegaron los robos a
mano armada a los barrios más caros, compraron autos blindados y
cambiaron horarios. Luego contrataron guardaespaldas para evitar los
secuestros de sus niños, y cuando el blanco fueron los padres, el
servicio de escolta se amplió 24/7. La elite “paisa”, que es de las más
ricas de Colombia, fortificó sus barrios con guardias armados y ese
encierro, hizo que la capacidad de asombro se fue perdiendo. “Era como
esa historia de la rana que nada en una olla de agua tibia y no se da
cuenta cuando suben la temperatura para cocinarla” me contó el profesor.
Chile
no es Colombia. Nuestra guerrilla de la Macrozona Sur con suerte tiene
mil hombres armados versus el ejército de 20 mil que llegó a tener las
FARC. Nuestros narcos son unas PYMES, al lado de los carteles internacionales de Medellín o Cali, y nuestros índices de homicidios
cada 100 mil habitantes son 17 veces menores que los de Colombia en sus
peores años. Pero para allá vamos y la historia de la rana aplica,
claro que el agua no se comenzó a calentar ahora. Partió hace años,
cuando normalizamos que supermercados de la periferia fueran atacados
por turbas o que los liceos que formaron Presidentes, fueran quemados
por sus propios alumnos y apoderados. Nos asustamos con el informe de
Ciper de 2009 que concluyó que bandas criminales controlaban 80 zonas
donde vivían 660 mil personas, pero pasó colada su actualización de 2020, que mostró que estas zonas se habían duplicado y que los afectados superaban el millón.
Nos conmovimos el año 2019 cuando Baltazar, de solo 9 meses de edad,
murió por una bala loca, pero el shock fue menor en 2021 cuando un niño
de 13 años fue acribillado al interior de su casa mientras querían
ejecutar a un pariente. Ahora hemos normalizado que 17 colegios
suspendan clases por un funeral narco en Valparaíso y que la comisaría
de Calama sea atacada con armas automáticas, mientras miles de
habitantes activan sus alarmas como señal de espanto y protesta.
¿Tiene
un límite esta normalización o terminará cuando la rana esté servida en
un plato?. En Medellín la locura comienza a cambiar en 1989 cuando
Pablo Escobar hizo estallar un avión de Avianca para matar a uno de sus
110 pasajeros. ¿Habrá que llegar a esos límites?. ¿Necesitaremos un
caso Avianca y otro Uribe Vélez para pacificar nuestras ciudades?. Solo
el tiempo lo dirá. Por ahora la temperatura del agua en la olla sigue
subiendo, mientras nadamos atontados pensando que estamos en una terma, y
nos acostumbramos a vivir en un infierno.