Nosotros, el pueblo

Ahora
que se está inaugurando la Convención Constitucional, con todos los
percances que vimos durante el día domingo, donde la confusión reinó
entre la gente, dentro y fuera del recinto, que sirvió para que un grupo
minoritario intentare frustrar la voluntad popular conociendo la
reacción represiva del protocolo policial y utilizándolo a su favor,
podemos analizar un mensaje que puede ser útil para el trabajo que se va
a realizar: El mensaje de clausura de la gestión de Ronald Reagan
(11.01.89) que, en parte, señaló:

“Yo
era feliz con mi carrera en el mundo del entretenimiento, pero
finalmente me metí en política porque quería proteger algo preciado. La
nuestra (Rev. Norteamericana) fue la primera revolución en la historia
de la humanidad que realmente cambió el curso del gobierno y con tres
pequeñas palabras: “Nosotros, el pueblo”. Nosotros, el pueblo, le
decimos al gobierno qué hacer, no el gobierno a nosotros. Nosotros, el
pueblo, somos el conductor, el gobierno es el coche. Y nosotros
decidimos dónde debe ir, por qué ruta y cómo de rápido.

Casi
todas las constituciones del mundo son documentos en los cuales los
gobiernos le dicen al pueblo cuáles son sus privilegios. Nuestra
Constitución es un documento en el que nosotros, el pueblo, le decimos
al gobierno qué está permitido hacer. Nosotros, el pueblo, somos
libres”.

Nuestra
realidad y la de muchos pueblos que han sido permanentemente sometidos
es ver al Estado como el padre que da la organización, lineamientos y
permisos para hacer algo bajo su alero. Quienes gustamos de cumplir las
reglas estamos acostumbrados al estilo sancionador y tememos cometer
faltas, porque el castigo será tremendo. Lo hemos visto en el proceso de
control de la pandemia, donde todos esperamos que nos digan qué podemos
o no hacer y, como dice el dicho “ley pareja no es dura”, aceptamos
indicaciones a pesar de que nos damos cuenta de que son erradas a
nuestras realidades.

Con
el intento de generar disturbios injustificados e inentendibles se
reclamó por la falta de intervención de la autoridad en orden a dejar
algunas reglas básicas para asegurar la instalación de la Convención.
Algunos constituyentes, superados por la expectación o por imponer sus
posiciones con las cuales atrajeron votantes, contribuyeron a esa
ebullición, que llevó a un momento que podría haberse transformado en
bochornosa. Los análisis que se realicen dejarán entrever que, en el
inicio de este importante proceso, la autoridad quedó absolutamente al
debe.

Está
bien que lo que se va a escribir nacerá de una hoja en blanco, pero la
institucionalidad que obliga a la autoridad es la que le dio su
legitimidad y, por ello, era necesario que no solo se hubiere preocupado
de la infraestructura, sino que además (a pesar de las críticas que sin
duda recibiría) dejar reglas mínimas para evitar el descontrol inicial.
A pesar de todo la prudencia pudo más y, bajo la conducción de una
funcionaria que estuvo a la altura de las circunstancias y que supo
imponerse con una tranquilidad muy pocas veces vista y que le hizo ganar
sentidos aplausos, tenemos Asamblea Constituyente.

Lo
que quedó en evidencia fue la actitud de bloque de la derecha que,
habiendo perdido en todas las últimas carreras electorales, mostró lo
que va a realizar en el hemiciclo y que, de haber obtenido más
representación, habría sido la piedra de tope de cualquier propuesta de
cambio. Su derecho a veto lo habrían aplicado a ultranza en defensa de
la C-80. El interés de ponerse de acuerdo con los demás se habría
traducido en “tienen que ponerse de acuerdo con lo que nosotros
digamos”. Espectadores de un proceso en el cual no creen, salvo De la
Maza, que tuvo una visión independiente de sus mandantes, los otros no
representan la voluntad del pueblo, sino de un sector privilegiado que
no logra, aún, generar empatía con la necesidad del cambio social que se
espera. Esperemos que, tras la fiesta democrática vivida y porque el
pueblo manda, puedan reflexionar sus posiciones y actuar con real
independencia.

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