La repetición de declaraciones inoportunas, desubicadas o fuera de foco por parte de quien debiera ser ejemplo de mesura, de cordura y de respeto, en más de una ocasión han alterado la tranquilidad de los chilenos.
Ese tipo de actitud aumenta, aún más, los niveles de rechazo a su gestión, de la decepción generalizada por tantas promesas incumplidas a miles de crédulos ciudadanos y crispan, peligrosa y penosamente, los desvelos de quienes deben sobrevivir con pensiones miserables, mirar o preguntar con angustia si ha corrido la lista de espera en los servicios de salud o la de aquellos miles de chilenos, más de 480 mil que están cesantes aún y que sí tenían empleos antes de la llegada del coronavirus.
Palabras desatinadas para referirse a quienes decidieron quitarse la vida, por las razones que hayan tenido y que, de paso, olvidan la historia patria.
¿José Manuel Balmaceda fue un cobarde al poner fin a sus días después de las sangrientas jornadas de la Guerra Civil del 91, que le costó a Chile miles de muertos y mutilados, muchos de ellos veteranos de la Guerra del Pacífico?
¿Fue cobarde Salvador Allende al suicidarse con la metralleta que le regaló el dictador cubano?
Cito sólo estos dos casos, pero hay muchos, muchos más, y a gran parte de ellos, aquí en Magallanes, en Punta Arenas, los conocimos, los apreciamos, pero no adivinamos ni el momento ni las razones para tomar su drástica determinación.
Felicito a los doctores Raúl Martínez y Juan Vukusic y los sicólogos Rosa Martínez y Enzo Arias por sus análisis de las palabras, desde una tribuna pública, de la primera autoridad de nuestro golpeado Chile, publicadas en Pingüino Multimedia este viernes recién pasado, el primer día de Un Septiembre lleno de chilenidad.
Espero que aquél que se permitió ofender, cobardemente, a quien no podía responder sus alusiones porque ya había puesto fin a su vida, el Brigadier (r) Manuel Chacón, lea esas opiniones de profesionales magallánicos de la salud, se instruya un poco más sobre el tema, afine a sus asesores y que aunque sea privadamente, presente disculpas a la familia del brigadier.
Y me permito recordarle que Gabriela Mistral llevó a lo largo de su vida una parte de sus Sonetos de la Muerte, dedicados a quien fuera el amor de su vida y plasmó en una pregunta muy poética, formulada respetuosamente a Dios: “¿Cómo quedan, Señor, durmiendo los suicidas?”… Y Romilio, el juvenil amor de Gabriela, víctima de la desesperación ¿era un cobarde?…
Confío en que sepa de Gabriela, de su obra literaria y algo aquilate… “El saber no ocupa lugar”, decían mis padres, apenas con segundo y tercero básico “de entonces” aprobado, pero eran sabios y jamás hubieran sido Presidentes de la República de esta manera y de esta forma.