Hace 11 meses, los
presidentes del Senado y de la Cámara, anunciaron, con satisfacción y
alegría, la firma del documento denominado “Acuerdo por Chile”, mediante
el cual se dio el vamos al proceso constitucional que terminará en
exactamente 5 semanas más.
Salvo
por leves retrasos en las fechas previstas en el documento (que
consideraba un plebiscito de salida en noviembre), el Acuerdo por Chile
se ha cumplido a cabalidad, incluso por quienes no lo suscribieron (e.g.
Partido Republicano). Así, casi 4 años después del “Acuerdo por la Paz
Social y la Nueva Constitución” suscrito el 15 de noviembre de 2019,
Chile ha llevado adelante dos procesos constitucionales que, con
independencia de las opiniones que se pueda tener respecto de cada uno
de ellos y de los textos que han producido, se han desarrollado
normalmente y con respeto por nuestra institucionalidad y democracia.
Durante
poco más de un mes estaremos, por séptima vez desde el año 2020, en
“modo campaña”, con todo lo que ello implica: foros, debates, propaganda
electoral y, por sobre todas las cosas, argumentos para uno y otro lado
respecto de “cómo hay que votar” este próximo 17 de diciembre.
Como
he seguido atentamente este segundo proceso (incluso más que el
anterior), tengo muy claro mi voto y cuál será la opción que apoyaré
durante la campaña. Lamentablemente, tras casi cuatro años discutiendo
sobre el tema y estando encaminados a nuestra quinta elección al
respecto, existe un marcado y muy justificado “agotamiento
constitucional” que afecta incluso al mundo académico y a la profesión
legal. Así, me pregunto: ¿qué quedará para el resto?
Aunque
el agotamiento, en ciertos casos, se pueda traducir en rabia contra el
sistema político, por su incapacidad de avanzar en temas tan importantes
como la seguridad, la reactivación económica, la tan postergada reforma
a las pensiones, la urgente reforma a la salud y los problemas
gigantescos que tenemos en educación (no solo en Atacama), quisiera
hacer un llamado a vencer la apatía, porque la elección del 17 de
diciembre es tan importante como la votación que tuvimos el 4 de
septiembre del año pasado.
Hay
muchas razones muy legítimas para votar en uno y otro sentido. Sin
embargo, también hay otras tantas que simplemente no están a la altura
de un proceso que es muy importante para el futuro del país. Porque con
independencia de cuál sea la opción que emerja ganadora de este nuevo
plebiscito, me gustaría que de él surja un Nuevo Acuerdo por Chile. Un
acuerdo que no sea de carácter político, sino que de naturaleza social.
Un acuerdo que respete la decisión de la voluntad soberana y que ponga
fin a una discusión que se ha extendido más allá del término de un
mandato presidencial. Un acuerdo cuyo eje central sea volver a trabajar
por el progreso y la unidad de Chile, dejando de lado las legítimas
diferencias que pueden existir con respecto al tema constitucional. Un
acuerdo que no estará escrito en un papel, sino que, en nuestros
corazones, que laten con más fuerza cuando perseguimos una meta común,
asociada al bienestar del país.