Ocho ideas para una nueva Constitución (II)

El
debate constitucional no es un debate de expertos, es un debate
ciudadano. Lo anterior, quiere decir que todas las propuestas, ideas o
voluntades que vertamos sobre las materias que creemos deben estar
presentes en la Convención Constitucional, hay que tomarlas como
aproximaciones a la verdad, más que como verdades absolutas, ya que
nuestra disposición con el proceso debe ser entendida como la
construcción colectiva de la verdad, y no como recetas mágicas
individuales.

La
propuesta constitucional que algunas y algunos pretendemos impulsar,
busca que el pueblo chileno se dote de un sistema institucional eficaz
que, respecto de todas y todos los habitantes de nuestra tierra,
garantice y promueva de mejor manera tres dimensiones fundamentales:
Dignidad, democracias y derecho.

En
este momento, nos centraremos en dignidad y derecho, pero ¿qué
significa?, lo primero es que afirmamos la Dignidad de la Persona, esto
es, el reconocimiento que el ser humano tiene, siempre y en todo
contexto, el derecho inviolable a ser tratado con respeto, como un fin y
no como un medio, cuestión que es algo que debiese ocupar un lugar
central en la Nueva Constitución.

Cuando
hablamos de Derecho, lo hacemos pensando en un nuevo establecimiento de
un sistema de derechos fundamentales, en donde la igualdad debe cruzar
el corazón de esta propuesta. Lo anterior, referido a que sin importar
donde nazcas, tu condición sexual, tu religión, etc, tengas una gama de
derechos fundamentales asegurado, de tal forma que esta comunidad – el
país – brinde a todos sus hijos e hijas, la posibilidad de desarrollarse
en igualdad de oportunidades.

Lo
anterior evidentemente comprende la necesidad de repensar el modelo de
Estado que queremos (cuestión que abordamos en la columna de la semana
pasada, que ponía el foco en terminar con el Estado Subsidiario), pero
también en la forma en que nos relacionaremos, es decir, internalizar en
cada chilena y chileno, nuestra propia responsabilidad de conferirle a
cualquier habitante de nuestro territorio, su derecho a ser tratado con
igualdad.

En
consecuencia, el proceso constituyente no es sólo un cambio en la
arquitectura constitucional, es también un proceso de cambio en nuestra
propia cultura y la forma en que nos relacionamos. Ese proceso cultural
inició su curso hace mucho, con una ciudadanía comprometida y
movilizada, ahora basta, no desaprovechar la oportunidad de hacer
navegar hacia tierra firme ese enorme sentimiento de vivir en un país
mejor.

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