He
escuchado con atención algunas opiniones y decires acerca de nuestra
realidad política e institucional, que buscan legitimarse de una
supuesta representatividad, que se matizan con la ignorancia y la
desinformación, utilizando frases que se repiten con total y creativa
soltura demagógica, jugando con las esperanzas de las personas y
apelando a los prejuicios, miedos y emociones para concitar algo del
esquivo apoyo ciudadano.
Ya
Aristóteles decía que la demagogia era la “forma corrupta y degenerada
de la democracia”, que al parecer está cada vez más de moda, al juzgar
por el deleite de algunos que buscan conmover o persuadir para que,
supuestamente, juntos solucionemos nuestros problemas, cuando ellos
mismos fueron parte y causantes de los mismos y trabajan
permanentemente como fieles fanáticos para mantener las cosas como
están.
También
podemos ver en el horizonte de nuestra delicada democracia a otras
personas con pretensiones de una supuesta representación, que al parecer
confunden el “gobierno del pueblo” -que legitima el poder del Estado-,
con el “gobierno de la muchedumbre”, desprestigiando supinamente la
alicaída democracia representativa, y otorgándole exageradas capacidades
de sanación a una fórmula que confunde la democracia participativa y la
democracia directa, que si bien es cierto bien conjugadas y empleadas
pueden contribuir o convertirse en un medio que busque o brinde
soluciones esperadas y justas a la ciudadanía, siempre y cuando no sean
manejadas por una especie de populacho despótico, que carezca de la
legitimidad que puede otorgar el verdadero gobierno del pueblo que
constituye la democracia.
Nuestra
democracia, al no haber sido escuchada por las clases dirigentes de la
transversalidad política y también empresarial, se fue elitizando cada
vez más en el ejercicio del poder: contribuyendo a socavar la
democracia, empujando a la sociedad a un gobierno de la muchedumbre, que
Polibio (200 a. C.) denominó “oclocracia”, que no es más que otra
forma de degeneración de la democracia.
Las
demandas legitimas que las personas han expresado con mayor fuerza
durante los últimos meses se fundan en un llamado urgente de mayor
justicia social y anhelo
de darle un verdadero sentido al Estado, sus instituciones y
autoridades, teniendo siempre como fin la dignidad de las personas y el
bien común, por sobre la voluntad torcida de unos pocos -lo que requiere
necesariamente más y mejor democracia-, para que las
personas puedan alcanzar ciertas condiciones materiales necesarias, que
le den sentido a su libertad para evitar que concluyan que esta no les
sirve de nada.
Por
eso no da lo mismo elegir para un cargo de elección popular a
cualquier persona. Debe hacerse con responsabilidad e información, que
nos permita distinguir las voluntades particulares de los candidatos y
candidatas, apreciando qué entienden como bien común.
Una mejor democracia es responsabilidad de todos y no debe entregarse fácilmente a quien paga más publicidad o grita más fuerte.