Decíamos
la semana pasada que la autoridad de Carabineros está siendo
cuestionada por los graves delitos contra la fe pública que han cometido
altos oficiales de dicha institución. Sin lugar a dudas que es
preocupante esta situación, pero en caso alguno es excusa para enlodar
la labor de una institución fundamental del país. Porque hay quienes
abominan de toda autoridad, y otros piensan que la autoridad policial
debe actuar a lo “tío Emilio”, es decir, reprendiendo al delincuente de
manera verbal, encarándolo para que reconozca su ilícito con la promesa
de no volver a repetirlo; no vaya a ser que usen la fuerza física para
evitar o prevenir un delito, y entonces viole algún derecho humano del
delincuente. Mientras, las víctimas presencian atónitas cómo una
institución del Estado al defender al victimario, le hace aparecer como
una víctima de la sociedad, como alguien que robó, pero poquito; que
mató, pero sin querer; que destruyó parte de la ciudad, pero que no es
tan claro que haya sido.
Políticos
que hablan de refundar Carabineros, como si la actividad política no
debiera refundarse antes que pensar en cambiar otras actividades o
instituciones. Fariseos que apunta con el dedo a la autoridad policial,
como si todos los negociados, las volteretas verbales, las mentiras de
las cuales son partícipes y autores, no fueran suficiente para
inhabilitarlos como representantes de la ciudadanía. Pero no, ahí están,
pontificando sobre lo que Carabineros debe y no debe hacer; sobre qué y
cómo se les debe instruir. Los mismos que engañan a las gentes
humildes, se erigen como censores morales de la autoridad.
Obviamente
efectivos de fuerzas policiales cometen delitos, irregularidades,
faltas. Toda actividad humana está sujeta a errores, especialmente
aquella actividad que enfrenta personas dispuestas a asesinar a tales
efectivos, envalentonados por políticos que expondrán en la plaza
pública los errores de la policía. Sin embargo, ello no es óbice para
desacreditar a Carabineros de Chile, pues cuanto más se hace, los
delincuentes se sienten más protegidos; entre más victimizan a los
antisociales, más dispuestos están a delinquir. Sabemos cual sector
político está protegiendo a muchos delincuentes, bajo el pretexto de la
defensa de los derechos humanos. Sabemos a quienes les molesta el
control de identidad, pues no vaya a ser que un militante o simpatizante
de sus filas porte elementos prohibidos. Recordemos que un Diputado del
Partido Comunista al ser controlado por una patrulla naval, le señala
con prepotencia que es “más autoridad que él”, demostrando el desprecio
por el principio de autoridad.
Por
su parte, este Gobierno subido a la ola “progre”, piensa que uno de los
problemas del país está en su policía, y no en los delincuentes: un
sinsentido. Luego, y después de los sucesos de octubre del 2019, cuando
Carabineros de Chile hizo uso de los perdigones que le comprara el
gobierno socialista de la Presidente Bachelet para enfrentar disturbios,
el actual Presidente apunta a la policía como un problema a resolver,
antes que a la delincuencia que se desató con particular virulencia a
partir de esos días.
A
pesar de todo, hay quienes entienden que el Orden es esencial en una
sociedad democrática y en ello, Carabineros es insustituible, y que la
Patria está por sobre cualquier ideología colectivista y disolvente.
Porque en los países desarrollados y con democracias estables, entienden
que a la policía se le respeta, se le acata, se le obedece, más allá de
conductas particulares de algún miembro.