Ni
aun en 1990, con todo el peso de un período reconocidamente negro en
nuestra historia, las cosas estaban tan convulsionadas como se encuentra
nuestra sociedad chilena hoy en día y justo en el período del cambio en
los liderazgos. Pero no hay que desesperarse ni conformarse, sino que
seguir apostando a que lo que se nos viene será mejor y que los
problemas de seguridad, delincuencia, narcotráfico y conflictos sociales
tendrán un mejor porvenir, por más difíciles y duros que sean los
planteamientos de sus protagonistas o por más alarmistas que se pongan
los que quieren sacar provecho de su nueva posición.
Los
ciclos de vida de nuestra humanidad tienen una dosis de reiteración
evidente: reformas, alteraciones, nerviosismos, conflictos,
trincherismos y agresiones, donde los sobrevivientes curan sus heridas
para recomenzar el proceso una vez más. Desde que tenemos los datos
escriturados lo hemos experimentado, y en las distintas y distantes
culturas del pasado siempre ha sido una realidad.
En
los denominados “Tiempos Modernos” ocurrió lo mismo, y la gran mayoría
vivimos la “guerra fría”, donde el poder mundial se lo disputaban dos
potencias exclusivas. No había espacio para el nacimiento de nuevas
ideas, y si surgían, el poder fáctico de cualquiera de las dominantes
las aniquilaba de un golpe. Todo estaba puesto al servicio de la
alineación hacia uno u otro lado, como si de “Tordesillas” se tratare.
El
mundo se ha vuelto a convulsionar y las estrategias políticas de los
grandes se están organizando, otra vez, con miras a influenciar al mundo
con la efectividad del control y poder que sustentan sus regímenes. Un
verdadero juego de la gallinita, donde dos bólidos corren a mayores
velocidades que antiguamente y están probando quién habrá de correrse
primero. Ya estamos curtidos como para permitir que se nos vuelva a
poner en el jaque de la extinción por un conflicto que no dejará
supervivientes en caso de producirse.
Los
conflictos sociales, de delincuencia, de terrorismo, de
fundamentalismos extremos, económicos y sus derivados o de migración no
están solo en nuestras calles, poblaciones, comunas o ciudades, sino que
se trata de situaciones mundiales, donde hay mucha inseguridad, temor y
resentimiento. A pesar de que los medios lo informan con algo de
relativa importancia, la crisis siria, en su momento, llevó a Europa a
millones de personas, como si de la invasión se Jerjes se tratare. No
fue solo ella, porque la de África estaba haciendo lo mismo a través del
cruce del Mediterráneo, haciendo inevitable el intento desesperado de
huir de las regiones en crisis. Lo mismo está aconteciendo en nuestro
continente, al cual llegaron, en su oportunidad, miles de refugiados del
mundo convulsionado, buscando seguridad para ellos mismos y sus
familias, escapando de persecuciones por pensar o por ser distintos.
Por
ello hay que mirar con altura de miras y en perspectiva lo que acontece
afuera para darnos cuenta de que, a pesar de que nuestra realidad se
presenta turbia, podemos hacer la diferencia y debemos tener paciencia.
Paciencia
porque las mentes y las manos que intentarán poner equilibrio y
satisfacer la alta demanda de reclamaciones deberán priorizar temas y
enfrentarlos. La solución a cada uno no estará a la vuelta de la esquina
ni será inmediata, menos aun si tendremos una oposición encarnizada
para evitar el éxito de las medidas que se quieran implementar o abrir
los diálogos para conseguirlo. La oposición no es solo la política, sino
también la que representan los intereses económicos, los de las mafias
del narcotráfico o los que profesan intereses en La Araucanía, o los que
sueñan con revivir la protección democrática como en tiempos pasados
denostando el esfuerzo de una convención de querer hacer un país más
equitativo. Todos ellos, descoordinadamente y sin darse cuenta, estarán
coludidos para enturbiar el ambiente y distraer el verdadero interés de
la población de querer vivir en paz y en un ambiente seguro y
sustentable, donde podamos ir al mall sin ser cuestionados y volver a
casa sin sufrir atentados.