Padre nuestro que lo eres de todos,
y también de los ucranianos, de los rusos,
de los bielorrusos, de los polacos, de los rumanos,
de todos los hombres y mujeres del planeta Tierra.
Que estás en el cielo y la tierra,
en Kiev, en Lugansk, en Donetsk, en Járkov, en Odesa,
en Jerson, en Nikoláyev, en Kramatorsk, en Chernígov,
en Jmelnitsky, en Ivano-Frankivsk, en Mariúpol, en Zaporiyia,
también en Moscú, en Varsovia, en Bruselas, en Washington,
y en todo lugar donde se ora por la paz mundial.
Santificado sea tu nombre,
y veamos que es santo,
tanto en los momentos difíciles,
de ulular de sirenas, de estruendos de bombas y disparos,
de migración obligada, de cobijo en lugares de seguridad y no tanto,
como en aquellos de sosiego y paz.
Venga a nosotros tu Reino,
tu reino debe ser ahora, aquí,
un reino de hechos, de obras, que todos y todas,
unidos como hermanos,
mano con mano, codo a codo, lo debemos construir.
Hágase tu voluntad,
¡qué dura es tu voluntad!
Debemos tener claro que la voluntad de Dios
no es la de los hombres y mujeres,
la de Dios es amarnos,
acompañar a quien lo pasa mal, estar a su lado,
aunque el otro no me guste.
En la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día dánoslo hoy,
a niños, niñas, adolescentes, adultos, ancianos,
a quienes viven en la ciudad, a quienes viven en el campo,
a quienes viven en el centro cívico, financiero y a quienes viven en la periferia,
y, en especial, a quienes están con su salud quebrantada.
Perdona nuestras ofensas,
nuestros rencores, nuestro malhumor,
nuestra lengua demasiado larga,
nuestro ánimo de sacarle el cuero a alguien,
nuestras impertinencias, nuestras omisiones.
Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
¡esto es otro cantar!
Quienes nos ofenden son siempre peor que nosotros,
lo son sus críticas, sus descalificaciones, sus ironías,
su falta de consideración, sus sarcasmos, sus orgullos,
y la falta de criterio.
No nos dejes caer en la tentación
de sentirnos superiores y de dominar a los demás,
de vanidad, de poder, de no dar la cara,
de ser prepotentes, de juzgar a los demás,
de no intentar entender a los demás,
de no comprometerme con el prójimo.
Y líbranos de todo mal,
del individualismo exacerbado, de la soberbia supina,
del egoísmo sin control, de la falta de solidaridad,
para sentirnos más libres
y ser un mejor testimonio de Ti.
AMÉN.