A
dos días de la elección presidencial, veamos qué nos dejaron estos
meses de campaña. Sin ser exhaustivos, veamos en el orden de la
papeleta. Gabriel Boric, el candidato que por autoconfesión, no está
preparado para asumir la primera magistratura. Es también el candidato
que desconoce las cifras de sus propias propuestas económicas; algo así
como un aspirante a chef que no sabe las medidas para cocinar arroz
graneado. Es el candidato del Partido Comunista, que es de extrema
izquierda también para Yasna Provoste. Es el símbolo de la inestabilidad
social, en palabras de Sebastián de Polo, su compañero de ruta. Cierto
que su juventud genera entusiasmo en muchos que ven esta etapa de la
vida como necesariamente virtuosa. Para otros genera esperanzas porque
cambiaría el modelo económico chileno, del que él y otros tantos, han
sido beneficiarios directos. José Antonio Kast es el candidato del orden
y del sentido común. Conservador, fiel a sus convicciones, actúa en
concordancia con ellas. Muchos ven en él el contrapeso necesario para
una sociedad que pareciera escorada a la izquierda; si este sector
político campea a sus anchas en la Convención Constitucional, en la
cantidad de Gobernadores Regionales, eventualmente en el próximo
Congreso Nacional, Kast aparece como el equilibrio que requiere toda
sociedad. Es también el candidato de los sectores populares, a quienes
poco importa la discusión sobre el matrimonio igualitario, el aborto, la
diversidad sexual, el lenguaje inclusivo, entre otros temas propios de
la elite de izquierda, pues a diario deben procurarse alimentos, un
techo para cubrir a sus hijos, protegerse de la delincuencia, del
narcotráfico, de la inseguridad, del desempleo, todos temas que Kast
enarbola como prioritarios. En el tercer lugar, Yasna Provoste, que no
ha podido sintonizar con las aspiraciones simples y comunes del
ciudadano. Atrapada en su crítica feroz a los últimos treinta años, del
cual fue protagonista, parece poco creíble su buena valoración que al
final de la campaña, quiere mostrar de ese periodo. Quizás si su
complicación mayor es aparecer más “progresista” que los propios
progresistas, en una sociedad que valora lo auténtico y original. Ataca a
diestra y siniestra y de la chistera saca y saca un sinfín de derechos
claramente infinanciables. Sebastián Sichel, el candidato identificado
con el gobierno y quizás el candidato del gobierno. Enojado, irritado,
sonriente, que manda a buena parte a los partidos de la coalición que le
ungió como candidato. Su gran problema es ser un político de centro
izquierda que quiere liderar una coalición de derecha o centro derecha y
con un discurso alejado del núcleo derechista. Para mayor complicación,
elige a Kast como blanco de sus más ácidas críticas, olvidando que sus
votantes en su mayoría tienen a éste como segunda opción. Eduardo Artés
pareciera que vive un mundo paralelo, que dice que si llegara ser
Presidente estaría en las calles protestando con los manifestantes,
contra su propio gobierno. Marcos Enriquez-Ominami, otrora el niño
terrible de la política chilena, devenido en comentarista político, en
profeta no escuchado; aspirante a Pepe Grillo de la política criolla.
Por pelearse con casi todos, casi todos ya no están con él. Franco
Parisi, tuvo la gran oportunidad de erigirse como el candidato
independiente que representara a tantos ya cansados de la política
tradicional. Su deuda de alimenticia nunca tajantemente negada y su
ausencia física del país, pueden conspirar seriamente contra su opción.