“Dadme
libertad, o dadme muerte”. El famoso discurso de Patrick Henry, que no
es mi amigo Pat, el cantante inolvidable, sino uno de los padres de la
revolución americana, marca un contraste con el programa de la muerte
para nuestro país que acaba de lanzar el candidato de la izquierda
radical totalitaria Gabriel Boric, para tratar de seducir los votos
suficientes y así alcanzar la primera magistratura del país y con ella y
el poder que otorga, terminar su deconstrucción y sepultación en un
paso más del experimento globalista al que estamos sometidos, en el que
el objetivo primordial es terminar con la libertad, como concepto y como
realidad, en aras del nuevo orden totalitario.
El título de esta columna es precisamente, el título del programa
presidencial de Boric por fin lanzado, con mucho cálculo para cumplir
con la exigencia, pero, a la vez, dificultar que muchos lo analicen y se
den cuenta del cumulo de mentiras y torcidas intenciones que contiene.
Su análisis sería demasiado largo en este espacio reducido, pero vale
como referente de un proyecto auténticamente totalitario nunca antes
presentado a elecciones, porque en su esencia y a través de su variado
contenido, implica la imposición al país, antes que medidas económicas
absolutamente discutibles y negativas, de una serie de imposiciones
reñidas con la realidad-los hechos y la ideología marxista siempre han
estado en contradicción-, pero además con el sentido común, nuestra
cultura, creencias y valores y además, nuestro ser como nación chilena.
A menudo interlocutores me dicen que soy un conservador. Nada más
errado. Conservador es el que quiere mantener el estado de cosas, el que
está satisfecho con la realidad y el entorno. Chile es hoy un país en
ruinas, partiendo por la ruina moral, administrado hasta en lo sanitario
colectivo por las ideas de izquierda a través de una dictadura
sanitaria que nos sigue conculcando libertades y derechos esenciales.
Estoy en contra de esa realidad que nos ha convertido en un gran
experimento para establecer e instituir el proyecto globalista
totalitario mundial del cual la candidatura Boric-PC es su estandarte y
que, en dos violentos años, aunque habiendo comenzado hace mucho más
tiempo, al menos los famosos “treinta años” de infiltración e
insurrección, han avanzado al punto de hacer de esta elección de
noviembre acaso la última verdadera elección si llegare a imponerse
dicha opción electoral.
No soy un conservador, soy un verdadero revolucionario, porque me
opongo al orden de facto que se está imponiendo y nos oprime. No quiero
conservar esto, quiero cambiarlo. El programa de Boric es desde su
título una mentira, no busca cambiar nada de lo ya impuesto por ellos
mismos, busca consolidar este estado de cosas. Al contrario, somos
millones los que queremos que se restaure el orden y la ley; el respeto,
el Estado de Derecho, el poder caminar tranquilos en la calle; el
crecimiento económico, la seguridad e identidad nacional, porque todo
eso se traduce en esa hoy casi desconocida libertad, ese derecho
pre-político, anterior y superior al Estado mismo, que desde hace dos
años nos están estafando tratando de cambiárnosla por la llamada
“dignidad”. La mentira y el engaño son consustanciales a la dialéctica
marxista, y así ocurre con esa supuesta dicotomía libertad-dignidad:
solo el hombre libre tiene dignidad, la “dignidad” carente de ella
equivale a decir que un esclavo vive con dignidad, concepto difuso,
vacío, contradictorio. Pero así se conculcan los derechos, con mentiras,
secando el cerebro de muchos, impidiendo pensar y discernir. El
discurso de Henry cobra así plena vigencia en Chile 2021, cuando se ha
construido una dictadura de conciencias mal llamada “progresismo” que
destruye la libertad e impone la miseria a punta de mentiras de un
futuro que jamás llegará.
Una sociedad de hombres libres o una sociedad de esclavos, eso es lo
que está en juego en esta elección, y podría ser la última. Ni izquierda
ni derecha, solo Chile, uno solo. Boric o Kast. Dictadura o Libertad.