Estamos
asistiendo en vivo y en directo a un recambio generacional de
importancia en la vida política nacional; es un movimiento casi telúrico
y un hecho evidente. Jóvenes nacidos en los años ochenta y posteriores
toman posiciones en organizaciones políticas y sociales. Según la
espontánea confesión de Jackson los jóvenes que hoy gobiernan se piensan
superiores moralmente a las generaciones anteriores. El Presidente
Boric vuelve sobre esos mismos pasos y nos dice que ellos son
adelantados a su época y por eso el país rechazó su tan avanzado
proyecto de Constitución. Ahora da otro paso y señala que en el futuro
su generación será puesta a la par que la generación de Tomic, Leighton,
Frei Montalva, Fuentealba y otros que desde el socialcristianismo y el
falangismo fundaron la Democracia Cristiana e influyeron casi por
setenta años la vida política nacional. Tamaña pretensión que proviene
de auto percibirse superiores, algo propio de los años mozos donde el
futuro nos pertenece, pero que la realidad con posterioridad nos ajusta a
su dimensión. Pero no todo es papel pintado ni debemos pensar que esta
generación no tiene ideas ni propósitos sustanciales; al contrario,
tienen como misión refundar el país, cambiar nuestra cultura, nuestra
forma de relacionarnos. Un nuevo orden mundial está en curso y esta
generación debe estar en sintonía con dicho tránsito global. Todo es
puesto en duda y en tela de juicio: la familia, la sexualidad, la
economía, la educación, la nación, la patria, en fin, la vida misma.
Para ello es condición necesaria el conflicto, la confrontación entre
los seres humanos; se debe confrontar ese pasado añejo y anquilosado,
fuente de injusticias y miseria en su visión, con el hombre nuevo,
libre, solidario y justiciero. De ahí que esta generación se ha
insertado o tiene privilegiadas relaciones en la educación, en los
medios de comunicación de todo tipo, en las finanzas internacionales y
en tantos otros ámbitos de la vida.
Entonces
el título de esta columna dice relación con que buena parte de la
derecha o centro derecha no entiende la profundidad de los cambios que
se nos propone e impone. Viven casi en permanente catarsis en redes
sociales que es un resumidero de sus quejas, diatribas y lamentos.
Pelean allí con sus sombras, pretendiendo asestar un nocaut al gobierno o
a cualquier otra autoridad que la devienen en demonio. Pelean en la
superficie sin adentrarse en los escenarios donde se libra la llamada
batalla cultural. Las razones de tal desidia no son del todo claras,
pero no se aprecia a gentes de derecha de manera masiva haciendo clases a
jóvenes de todos los niveles sociales; hay escasos medios de
comunicación abiertos con contenidos libertarios y conservadores; para
qué banqueros cercanos a los pobres y a la clase media legitimando el
sistema financiero; en fin, dando la batalla cultural en poblaciones, en
colegios particulares pagados, en sectores populares. Existen claro
iniciativas individuales, encomiables y casi heroicas, pero mientras se
siga combatiendo ideológicamente en la pelea chica, en los chats
grupales, en la pifia pasajera, la nueva izquierda representada tan bien
en la generación que hoy nos gobierna terminará por imponer sus
términos. Para ellos es cosa de tiempo, porque entre más años
transcurran, menos poder tendrán en número aquellos que desean conservan
el orden natural de las cosas; la educación o adoctrinamiento ya habrá
comenzado a dar sus primeros frutos.