Ya
va más de un mes desde que se produjo el estallido social que aún
mantiene a todo Chile entre la esperanza y el temor, entre las
manifestaciones pacíficas y los actos vandálicos que nada tienen que ver
con las legítimas reivindicaciones de la gente, pero aún nadie puede
resolver la principal interrogante ¿cómo salimos de esto?
Distintas
voces han señalado que los efectos para nuestra economía no serán
buenos ni en el corto ni en el mediano plazo. El dólar ya ha superado la
barrera de los ochocientos pesos en más de una oportunidad; se calcula
que son más de diez mil las pymes que perdieron el trabajo de años
debido a los saqueos e incendios que las afectaron; probablemente habrá
un alza del desempleo en los próximos meses; el riesgo país ha aumentado
y eso ahuyentará potenciales inversiones extranjeras y perjudicará al
turismo. En definitiva, tenemos un país que se mueve a media máquina.
La
cotidianeidad de millones de compatriotas se ha visto alterada y todos
tenemos que colaborar para retomar un mínimo de orden social para que
esa situación se revierta y podamos seguir con nuestras tareas
habituales. No estoy diciendo que la gente dejé de reivindicar las
demandas que se han levantado con fuerza y claridad, pero sí que podamos
acompañar ese proceso en paz, condenando con convicción cualquier acto
de violencia, venga de fuerzas de Estado o de grupos interesados en
dañar nuestra democracia.
Desde
la clase política recibimos el mensaje y en los últimos días hemos
puesto al país por sobre nuestras diferencias para apurar algunas
medidas de rápida implementación que den señales concretas de que hemos
escuchado al pueblo. Ahí está el acuerdo transversal desde la UDI al FA
para reformar nuestra Constitución partiendo desde una hoja en blanco y
con plena participación de la ciudadanía organizada. Así también, el
acuerdo alcanzado en el Senado para mejorar la vida de los adultos
mayores con incremento en sus pensiones (de manera gradual según tramo
etario), junto con rebajas en los sistemas de transporte y, más
importante aún, en el costo de los medicamentos.
Es
evidente que esto no es suficiente, pero no podemos caer en el juego de
quienes quieren polarizar de manera irresponsable el debate público con
peticiones inalcanzables, posturas rígidas y justificaciones a la
violencia como herramienta de expresión popular. La ciudadanía ya habló y
ahora corresponde encauzar las demandas por vías institucionales con
fuerza, convicción y responsabilidad. Quienes proponen salidas fáciles
están engañando a la gente porque esta es una crisis compleja y con
múltiples aristas que requerirá de soluciones a la altura de las
circunstancias.
Recomponer el dañado tejido
social será otra de las tareas que deberemos asumir en los próximos
meses. Se ha producido una ruptura en las relaciones entre la ciudadanía
y las fuerzas de orden por razones obvias, pero también entre los
propios ciudadanos que se han enfrentado en bandos opuestos entre los
que saquean y quienes defienden sus fuentes de trabajo. Esta es una
línea muy delgada que podría romperse en cualquier momento y que tendría
consecuencias muy graves.
Digámoslo
con claridad. No es normal que nuestras ciudades parezcan zonas
devastadas con evidente daño a la propiedad pública y privada; no es
normal que las vitrinas del comercio y de muchas oficinas públicas estén
reforzadas como si se aproximara un huracán. Tampoco es normal ni
aceptable que se impida el libre tránsito de las personas por las calles
o que la gente en las grandes ciudades tarde horas en llegar desde y
hacia sus hogares, cada día, porque se destruyen los sistemas de
transportes y la infraestructura asociada.
El
camino hacia un nuevo Chile, más justo, digno e igualitario ya está
trazado y en eso no hay vuelta atrás. Pero no nos equivoquemos, quienes
están protagonizando los lamentables hechos de violencia que hemos visto
en estas semanas no están luchando por un mejor futuro
para nuestras familias, ni por mejor calidad de vida para los adultos
mayores o por mejores oportunidades para nuestros jóvenes, ya que sólo
buscan el caos y la destrucción.
El
único camino para contrarrestar a quienes se han amparado en las
movilizaciones sociales para cometer delitos y crear un clima de
incertidumbre, es una sociedad que se une en la condena unánime y
categórica a la violencia, que se toma los espacios para reencontrarse
en comunidad y desde ahí empezar a construir los cimientos del nuevo
Chile que nace para acogernos a todos y todas.