Estamos
inmersos en una vorágine diaria. No hace falta que alguien nos diga que
la velocidad en la que vivimos sugiere un ritmo que no siempre logramos
llevar como quisiéramos. Todo a nuestro alrededor deja la impresión que
estamos atrasados y que debemos apurar el tranco. Se me viene a la
memoria aquello de “que no por madrugar
amanece más temprano”. Todo lo queremos ahora y ya, no hay tiempo para
mañana. El resultado de esto, se traduce en que las acciones no terminan
teniendo la eficacia deseada o pretendida. Entonces, ¿podemos estar
seguros sobre cuáles son las reales prioridades y por qué?
Las
ciudades crecen y se transforman de manera tal que, muchas veces nos
encuentran desprevenidos frente a sucesos considerados inesperados, pero
que, en el fondo, bien pudieron ser previstos.
Hace
algunas semanas hice referencia al sistema de tránsito que se ha visto
afectado frente a la gran cantidad de vehículos que hoy están en
circulación y que seguirán apareciendo en las calles. El desenlace es
evidente. Una ciudad colapsada por automóviles si no se adoptan medidas
pertinentes. Planificar la habitabilidad de las ciudades es urgente. De
eso se trata, definir objetivos y mecanismos para alcanzarlos de forma
metódica.
Por
supuesto que no es sencillo y la solución no es ni mágica ni menos, de
la noche a la mañana, sin embargo, por algo debemos empezar. De
cualquier otra manera, todo lo demás puede ser el resultado de la
improvisación.
Como
bien se señala desde la economía, las necesidades son ilimitadas y los
recursos escasos, ecuación que conocen bastante las autoridades
comunales que deben dar respuesta a los innumerables requerimientos de
la población. Agua y alcantarillado, transporte público, salud, espacios
deportivos, áreas verdes, recolección de basura, y así, suman y sigue
las ocupaciones de manera tal que, otros tantos aspectos van siendo
postergados muchas veces sin siquiera darnos cuenta que los problemas
siguen estando ahí, a la espera de ser resueltos.
Y
aquí es donde la priorización basada en una correcta planificación y
estrategia participativa, surge como la herramienta más adecuada al
momento de pensar y reflexionar sobre el presente y futuro de las
ciudades y su construcción permanente.
Hace
pocos días, lamentablemente observamos cómo el fuego convirtió en
cenizas dos viviendas en Villa Punta Delgada. El lugar no cuenta con
bomberos o brigada de voluntarios que permita actuar rápidamente en
estos casos. Otras tantas localidades aisladas en la región carecen de
esta institución necesaria y vital para vecinas y vecinos.
Elevados
costos o falta de personal, lo cierto es que, una institución bomberil
se extraña en estos casos y probablemente no quedan dudas de que se
deben hacer los esfuerzos necesarios para poder dotar de este servicio
allí donde es más complejo llegar con ayuda en el caso de incendios u
otras emergencias. Esto también es parte de la descentralización.
Lo
mismo ocurre con los servicios de salud o la conectividad. Claro, como
señalé al comienzo de este espacio, al ritmo que crecen las ciudades,
aumentan también las necesidades y no siempre se alcanza a brindar
oportuna respuesta.
En
definitiva, existe una alta probabilidad de que la priorización de las
necesidades y objetivos tengan un buen resultado si la planificación es
también el producto de un trabajo serio, responsable y participativo,
para poder prevenir y seguir el acelerado ritmo del crecimiento de las
comunidades.