Este año surgió una nueva publicación sobre la pobreza en Chile, aspecto que es realizado por la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional, más conocida como Casen.
Esta medición es importante ya que da cuenta del progreso o retroceso que ha tenido la pobreza en el país, utilizando estándares internacionales. Los logros son evidentes, la pobreza por ingresos sólo alcanzó un 6,5%, una cifra histórica para nuestro país. En este punto, debemos recordar que este indicador en 1990 llegaba a más de un 40%, incluso algunas mediciones del PNUD sitúan la cifra en el 68%. En palabras sencillas, de cada 10 chilenos más de 5 eran pobres en 1990, mientras que en la actualidad, de cada 10 chilenos la cifra no alcanza a un chileno en situación de pobreza.
Esta cifra nos deja en una posición sobresaliente con respecto a nuestro vecinos. De acuerdo a los últimos datos disponibles en la Cepal, nos sigue Uruguay con un 9,1%. Sin embargo, los porcentajes de nuestros vecinos se elevan dramáticamente. Argentina sobrepasa el 40%, Perú quedó muy golpeado luego de la pandemia y sobrepasa el 27%, Bolivia alcanza el 36,6% y Venezuela experimenta un 50,5% de pobreza. Estas comparaciones pueden parecer odiosas, no obstante, muestran una realidad conseguida por una serie de medidas que involucran a la economía y a la política trabajando en conjunto.
Ahora bien, la pobreza medida por los ingresos, forma parte de un pensamiento económico que coloca al dinero como el principal intermediario para satisfacer nuestras carencias. La solución política entonces es muy fácil. Cuando los indicadores de pobreza comienzan a aumentar, se deben entregar subsidios que permitan equiparar la cancha. Pero la pregunta aquí cae de cajón; ¿la pobreza es sólo una cuestión de ingresos?
La respuesta es negativa. La pobreza va más allá de los ingresos y Chile se encuentra en el momento perfecto para dar un vuelco de llave en estos aspectos y tomar en serio otras medidas como el Índice de Desarrollo Humano de la PNUD. Digo tomar en serio, porque en nuestro país este indicador, ya se encuentra disponible y es el que permite medir la pobreza multidimensional. ¿Qué quiere decir esto?
Esto quiere decir que la pobreza no sólo tiene la dimensión de ingresos monetarios, sino que existen otras dimensiones como el acceso a la educación, a la vivienda, a la salud y a las redes, es decir, existen otras dimensiones que permiten construir un contexto que contempla un bienestar integral para los hogares de nuestro país, y por ende, de nuestra región. Pues bien, esta pobreza multidimensional no es un 6,5%, sino que al considerar las dimensiones antes indicadas el indicador aumenta a un 16,9% de pobreza.
Si bien, continuamos liderando Latinoamérica, las reflexiones deben ser diferentes, y más que ver el lado negativo de este 16,9%, lo podemos transformar en una oportunidad para la generación de una política pública integral que, no sólo consideré el dato de la pobreza multidimensional, sino que lo convierta en una acción que eleve el estándar en el acceso a las viviendas, a la salud, a la educación, por nombrar algunos.
La tarea es importante, ya que requiere eliminar de las cabezas de la administración pública que la pobreza como concepto, se soluciona tan sólo con crecimiento o con la entrega de Bonos, sino que se requiere una visión amplia que puede llevar varios mandatos presidenciales.