Política de la canasta

Se avecinan elecciones, un temporal de actos eleccionarios de toda índole, y en el ruedo, un ejército de candidatos alistándose para ganarse el favor de las personas. Como en cada oportunidad, la imaginación es fértil en muchos de ellos para hacerse notar, para llamar la atención, para vestirse o travestirse de “pueblo”, queriendo acercarse a gentes y situaciones que desconocen, porque viven sus vidas en la comodidad que les da su estatus económico. No hay que ser de algún sector político para alejarse de la cotidianeidad y de las penurias que afecta a muchas personas. Los progresistas de Chile por ejemplo, generalmente conocen sólo el progreso de las comunas o barrios acomodados donde viven y hacen sus vidas, mas no la realidad profunda de un país estratificado. ¿Cómo entonces acercarse a gentes de las cuales nunca serán vecinos, ni apoderados de colegios donde nunca llevarán a sus hijos? Cuando se está en el gobierno, el modo de “abuenarse” con el pueblo, es dar bonos a los sectores que menos remuneración ganan, para proyectar un halo salvador de gente humilde. De esta manera, se quiere salvar el déficit de conocimiento de una realidad ajena. Pero si se es candidato, la canasta parece el recurso fácil para comprometer votos. Acá, al déficit de ignorancia de la realidad, se le suma el déficit de ideas, de un proyecto de país, región o ciudad. Se hace entonces política de canasta familiar, de juguete infantil, de insumos básicos. O de otro modo, cuando se carece de fondo ideológico, de un cuerpo de ideas desde el cual proponer soluciones a la comunidad, no queda de otra que recurrir al asistencialismo, al clientelismo incluso, o al buenismo que no requiere definirse en torno a temas como la economía, la vida, la educación, el concepto de sociedad y otros. Y así, vemos candidatos que como enviados por el viejito pascuero, reparten en su nombre regalos para el necesitado-votante, sin siquiera haber expuesto una idea o relato del país que se quiere, o del futuro de la región. Pareciera que en esa canasta o juguete, van incluidas los sueños de una país mejor, pero sin mejorarlo. Y el beneficiado con la dádiva, in pectore se dirá si votará o no por el enviado de Papá Noel, porque son de variados colores los agentes del generoso viejito, y puede que al final, ni siquiera concurra a las urnas para sufragar. Por eso la política en serio, la que convoca el corazón de la ciudadanía, es aquella que se hace desde las ideas, mostrando un camino claro y coherente, que se afinque en el sentido común y que haga sentido a las gentes. Una política que proponga a las mejores personas para ocupar las más altas magistraturas, sin tener necesariamente que haber bailado públicamente en un matinal; ser comentarista en algún programa nocturno de televisión, o regalar una cajita a un público ávido de soluciones fáciles y simplistas. Y en este empeño, nuevamente el rol de los partidos políticos se vuelve esencial, porque son los encargados de mediar o canalizar adecuadamente el sentir y pensar de las gentes, diciéndoles lo que se puede o no se puede hacer. La política de la canasta, nos llevará al oscurantismo y seguir enfilados hacia el despeñadero, insertos como en un realty show donde el exhibicionismo puede dar votos, pero no ideas ni proyectos. La política de la canasta, hace dependientes a personas de políticos que sin fundamentos ni capacidad para enfrentarse a proyectos de ley, llegan a ocupar sillones bien pagados, pero que ensombrecen el país con sus básico razonamientos.

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