La “Crisis Climática”, dentro de la cual se incluyen muchos tipos de crisis, es considerada de orden mundial. Los efectos están siendo observados y medidos en todo el Planeta y las discusiones, puntos de vista y reacciones acerca de sus impactos sobre el medio, las economías y los pueblos son globales.
Dentro de un contexto restringido, se puede preguntar si en Magallanes tenemos algún grado de “Crisis Ambiental” que pudiese derivar de relaciones inapropiadas con el entorno, dentro del cual se desarrollan nuestras historias de vida. Cualquier uso de factores naturales genera una cierta “presión”, mensurable, incluso calculable en pesos efectivos.
En consecuencia, uno podría establecer que desde que el hombre arribó a estos confines, comenzó una presión sobre la naturaleza, dependiente de la densidad humana, la longevidad individual, además de niveles e intensidades de uso. Sin dudas, los pueblos originarios establecieron una relación que ahora llamaríamos “sustentable” con el ambiente, en las distintas localidades geográficas que alcanzó a ocupar.
Desde fines del Siglo XIX, con la anuencia de la sociedad y de autoridades de la época, la prístina naturaleza magallánica con sus nuevos y aparentemente ilimitados recursos comenzó a ser utilizada intensivamente. Expansión del uso del recurso forestal, ya iniciado con la instalación de Punta Arenas en el Rio de las Minas, faenas mineras de carbón o de oro, introducción de la oveja y de especies salmonídeas, instalación de ciudades y pueblos, construcción de caminos, entre tantos otros factores que, se quiera o no, están asociados clara y directamente a la expansión del hombre, de sus economías y a la búsqueda inevitable de crecimiento económico, de bienestar y de calidad de vida.
El problema es que desde fines de la década de los 70 del siglo pasado ya se comienza a hablar de problemas con una degradada y extensa estepa patagónica, de efectos inesperados de la introducción aceptada de especies exóticas, de sobrepesca de recursos marinos clásicos de la región, de contaminación de los medios acuáticos. Comienzan a aparecer los signos de nuevas invasiones de especies, se intensifican las señales negativas relacionadas con el uso intensivo de recursos terrestres y marinos, se hacen evidentes las señales de un uso que excede la capacidad de carga de algunas áreas silvestres protegidas. Hay preocupación cierta por la producción de energía y de agua potable. Nos dimos cuenta de la conexión de Magallanes con el planeta a raíz de la capa de ozono. Al mismo tiempo, se nos ha favorecido con la responsabilidad de contar con la mayor cantidad de áreas silvestres protegidas del país. Se puede concluir que la región tiene sus propios problemas ambientales, lo que hace posible preguntar ¿Cuál es el Desarrollo Sustentable que esperamos para Magallanes? Las posibles respuestas requieren de un elevado rango de responsabilidad local, de análisis descentralizado y coherente, que aleje la posibilidad de embarcarnos en un esquema de “abuso ecosistémico”, basado en pura conveniencia y/o necesidad económica que se pueden ocultar bajo los aceptados e interesados conceptos de “protección y conservación”.
El problema ambiental no es una cuestión de ciencia, tecnología, conocimiento e innovación, es también una cuestión de valores.