Desde
hace un tiempo venimos escuchando que Chile es tierra fértil para el
populismo, pareciendo hoy una profecía autocumplida. Casi sin darnos
cuenta, nuestro Congreso pasó de estar habitado por políticos más o
menos competentes a ser un estudio de televisión donde se filma una
comedia repleta de personajes ávidos de aprobación. Quizás hoy la
exponente más visible del fenómeno es Pamela Jiles. Con un estilo que
mezcla rasgos populistas de Chávez, pero también de Trump (el populismo
no distingue color político), hoy es ella quien dicta gran parte de la
agenda política del país. ¿Puede el populismo afectar a la Nueva
Constitución? Sin duda que sí, ya que las constituciones modernas
usualmente buscan evitar la concentración del poder del gobierno
repartiéndolo en distintas instituciones (muchas de ellas autónomas del
gobierno de turno), lo que se opone al populismo, que busca concentrar
el poder en un líder o partido. Pero el asunto es más complejo que esto.
Veamos algunas de las características del populismo. Se dice que este
fenómeno ocurre cuando existe una desconexión entre la elite y los
ciudadanos. La narrativa populista potencia la idea de que el sistema
beneficia a los primeros por sobre los segundos, por lo que debe ser
reemplazado o sustancialmente modificado. En ese contexto, la promesa
del populismo radica en ofrecer soluciones fáciles y rápidas a problemas
difíciles, privilegiando el presente sin tener mucha consideración por
el futuro. Un ejemplo de esto es la promesa de Pamela Jiles de devolver
durante su mandato presidencial la totalidad de los retiros del 10% de
las AFP, siendo que, como observó el periodista Daniel Matamala en su
pasada columna dominical, solo los dos primeros retiros equivalen al
doble del presupuesto anual de Chile en educación. Pero es la noción de
“pueblo” del populismo la que entra en conflicto con instituciones
constitucionales encargadas de evitar la concentración de poder. Para el
populismo el “pueblo” es una unidad cuyo poder es absoluto, por lo que
no puede ni debe ser limitado por las instituciones de la elite. En
consecuencia, cualquier restricción es vista como un obstáculo que debe
ser removido. Por este motivo, instituciones y principios básicos para
las democracias constitucionales, como lo son la independencia del Poder
Judicial, los tribunales constitucionales, los bancos centrales, y el
Estado de Derecho, son los primeros en sufrir cuando asumen gobiernos
populistas. Existen varios ejemplos de populismos de izquierda y derecha
que han atacado estas instituciones. En Venezuela, una vez instalada la
Asamblea Constituyente, Chávez removió a miembros clave del poder
judicial, debilitando la posición del único órgano que había puesto
trabas a su proceso constituyente. Algo similar ha sucedido en Polonia y
Hungría con el debilitamiento de sus respectivos tribunales constitucionales.
Lo propio pasó con los bancos centrales de India y Turquía, cuyas
cabezas fueron removidas por no estar de acuerdo con las políticas
populistas del ejecutivo. El problema es que cuando estos y otros
mecanismos constitucionales son desarticulados, quedamos a merced de la
voluntad del líder populista y de sus sucesores, que pueden ser muy
buenos para prometer, pero no muy aptos para gobernar. Ejemplos de esto
hay suficientes. Es
por esta desarticulación de las instituciones encargadas de limitar el
poder del gobierno que hay que mirar con sospecha a quienes ven
beneficios en el populismo sin reparar en lo que éste deja a su paso.
Por ejemplo, en su columna, Matamala nos invita a elegir entre un
populismo bueno, inclusivo, que permita “desconcentrar el poder y
distribuirlo entre los chilenos” y uno malo, caudillista, a lo Jiles.
Sin embargo, me parece que Matamala confunde populismo con
democratización y no
repara en el hecho de que el populismo hace precisamente lo contrario:
concentra el poder en una persona o partido con consecuencias no muy
democráticas. Pero no basta con denunciar ciertas políticas como
populistas. Necesitamos hacernos cargo de lo que hace posible este
fenómeno. El populismo prolifera donde existen problemas difíciles y
urgentes que como sociedad no hemos podido solucionar (el caso de las
pensiones es claro). Adicionalmente, devela que hemos fallado en
comunicar la importancia, función y beneficios de las instituciones que
nos diferencian de países que consideramos autoritarios. Si no logramos
resolver estos problemas, es cuestión de tiempo para que un líder
carismático use estas instituciones como moneda de cambio para hacerse
del poder sin que nadie esté dispuesto a defenderlas. Y como hemos
visto, el show ya comenzó.