Estamos
a 24 horas de las elecciones presidenciales más importantes desde el
retorno a la democracia. José Antonio Kast y Gabriel Boric se enfrentan
por la primera magistratura en unos comicios que se prevén no apto para
cardíacos y que serán voto a voto, algo que no se veía desde la segunda
vuelta presidencial que enfrentó a Ricardo Lagos (51,3%, equivalente a
3.683.158 votos en el balotaje) versus Joaquín Lavín (48,69%,
equivalente a 3.495.569 votos, en el balotaje). Ahora bien, en la
primera vuelta de esos comicios fue Lagos quien se impuso con un 47,96%
mientras que Lavín ocupó el segundo lugar con el 47,51%. En aquella
ocasión Lagos derrotó a Lavín, en el balotaje, en un contexto de voto
obligatorio y donde la tónica era que, en general, quien se impone en la
primera vuelta termina por ganar el balotaje siendo electo Presidente
de la República.
¿Y
por qué hago este alcance? Porque la elección de primera vuelta
ocurrida el 21 de noviembre de 2021 ubicó primero a Kast (27,91%,
equivalente a 1.961.779 votos) y en el segundo lugar a Boric (25,82%,
equivalente a 1.815.024 votos). Sin embargo, a diferencia de la elección
Lagos – Lavín, el 21 de noviembre observamos, además de ser comicios
con voto voluntario, un fenómeno interesante de analizar y que tiene
relación con el denominado centro político: la dispersión de votos.
Si
sumamos la votación obtenida por Franco Parisi (12,81%, equivalente a
900.064 votos), Sebastián Sichel (12,79%, equivalente a 898.635 votos) y
Yasna Provoste (11,60%, equivalente a 815.563 votos) notaremos que, de
haber competido sólo una candidatura por el denominado “centro” esa
persona hubiera alcanzado el no despreciable porcentual de 37,2%
(equivalente a 2.614.262 de votantes)
¿Qué
podemos concluir? Que en Chile el votante moderado sigue siendo
mayoría. Sin embargo, las candidaturas de centro bien aplican para
tiempos “normales” y no de tensión permanente en un contexto donde
además del estallido del 18 de octubre de 2019 el país (y el mundo)
fuimos asolados por la pandemia más agresiva de los últimos cien años.
En este contexto, donde suman además la violencia, la inseguridad y la
transgresión al Estado de Derecho, entre otros, se han llevado a cabo
procesos eleccionarios donde las personas lo que están buscando son
liderazgos, confianza, credibilidad, certezas y experiencia.
Sin
ir más lejos, en mayo de 2021 fuimos testigos de como la izquierda
arrasaba en las elecciones de convencionales constituyentes y de
alcaldes. No obstante, con el paso de los días y meses, las personas
atestiguaron las conductas desastrosas, las mentiras (siendo el más
emblemático el caso del “Pelao” Rojas Vade), la corrupción (cuyo caso
más insigne es el del ex alcalde de San Ramón, el socialista Miguel
Ángel Aguilera) y la incompetencia de la izquierda. Lo anterior, por
cierto, llevó a las chilenas y chilenos a optar por una candidatura
(Kast) cuyos ejes son, precisamente, orden, paz, estabilidad y
seguridad. A esto se suman la consistencia, experiencia y credibilidad,
ambas importantes fortalezas del candidato Republicano y que, en el caso
de Boric, curiosamente se convierten en sus principales debilidades.
Es
en este escenario donde, y más allá si nos gustan o no las opciones,
debemos entender como país que tanto Kast como Boric avanzaron al
balotaje por decisión de la ciudadanía. La misma que, este domingo 19 de
diciembre, tendrá en sus manos la responsabilidad y libertad de elegir
al próximo Jefe de Estado para sacar adelante a la nación. El tiempo de
lamentaciones y dudas se acaba para dar tiempo a las certezas y
convicciones, para elegir no sólo el país en el que queremos vivir sino
también legar a las futuras generaciones.