¿Por qué sí 2025 o 2030 o 2050?

De
enero a diciembre, en el caso de muchos, o de todos. De marzo a
diciembre, para unos cuantos. De septiembre a junio, en el hemisferio
norte. Día tras día, todos. Mes a mes, no pocos, y a duras penas. Para
algunos, todo se interrumpe a los sesenta años. Para otros, a los
sesenta y cinco. Para unos, de modo impensado, hoy. Para unos tantos,
nunca.

¿A
qué me refiero? A ciclos, a hitos, a temporadas, a cursos, a
esperanzas, al día a día, al vivir, sin más. Lo que he signado en el
párrafo anterior cuenta para muchos, son sus realidades, son las
nuestras, son las mías. Pero no pocos se dedican profesionalmente a
hacer planes, planes serios, planifican, adelantan los ciclos, lo hacen
calculadamente.

Planifican,
gestionan, calculan, encuestan, entrevistan, tabulan, buscan medias,
estándares, y… tiran líneas en un tiempo artificial, no real. Que cuatro
años (ciclos políticos), que cinco o más años, a veces diez años
(ciclos propios de instituciones públicas o privadas), y algunos
organismos con datos macros, también los llaman datos duros, planean a
veinte, treinta y más, más años (algo propio de organismos de Naciones
Unidas, o de administración de datos macroeconómicos a nivel mundial).

No
ocurre lo mismo con el común de los mortales, con suerte, cuenta con el
día a día, y por estas fechas, ya de un año a esta parte, es la mala
suerte de muchos, de muchos más que quisiéramos. Y más que planear
aseguramientos, lo que se planea hoy son sostenimientos, equilibrios, lo
más digno posible, lo más humano posible.

Aun
así se ha de aunar esfuerzos en planear más allá del día a día, y ha de
ser con la ayuda de instrumentos, de calculadoras, con datos micro y
macro, guste o no guste. Y sí esta planificación no debe ser o estar
ajena a las distintas sensibilidades o experiencias de vida.

De
lo que estoy seguro es de que ha de ser una planificación armónica,
justa, humana, real, y… posible, y… de lo posible, lo mejor.

Son
necesarias las planificaciones, abordan los problemas y se adentran en
las soluciones, y para ello construyen objetivos, y articulan
estrategias que señalen el rumbo, un buen rumbo, que arriben a metas,
sin zozobras, o al menos las mínimas, incluso previstas al pie de
página, en letra chica.

Bienvenidos
los planes al 2025, al 2030, al 2050, incluso. Sí, deben articularse
más allá de los ciclos directivos, ejecutivos, legislativos,
organizacionales; nunca, pero nunca ser personalizados o responder a
liderazgos. Estos planes deben trascender a las personas, a los
individuos, deben trascender en el tiempo, y oteando el horizonte, a ras
de piso y desde un dron. Por tanto, deben ser construidos con altura de
miras, siempre teniendo en cuenta la nostridad, siempre teniendo en
cuenta al tú, con él, no sin él. Y si hay que reparar, reparar, si hay
que reponer, reponer.

Y, a no olvidarlo, debe ser, de lo posible, lo mejor.

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