Queda una semana exacta para que nuevamente los chilenos y
chilenas acudamos a la urna a votar en un proceso constituyente que los
partidos políticos impusieron forzosamente a la ciudadanía. Pero no
contentos con esto, determinaron a dedo un grupo de expertos como los
únicos habilitados para decir qué hacer, cómo hacerlo y cuando hacerlo,
torciendo la demanda popular de apostar por representantes populares más
que de un grupo pequeño de especialistas. Pero bueno, los presidentes
de los partidos firmantes de este viciado proceso desconocieron el
mandato popular y ahora quienes no querían una nueva constitución sí la
quieren y aquellos que empujaron por este proceso nos dicen que hay que
quedarse con la Constitución de Pinochet. Estamos listos para aparecer
en un capítulo de Saturday Night Live. Exageré, lo sé, pero el humor
siempre sirve para este tipo de situaciones incomprensibles de nuestra
tradicional política chilena.
Estoy convencido que Chile y los políticos nunca dejan de
sorprendernos, ya sea con la presentación de agendas políticas
rimbombantes que, al final del día, terminan en un bochorno, porque se
hizo en el camino o porque carece totalmente de un correcto
diagnóstico. Ha sucedido una y otra vez y seguirá pasando, en la medida
que quienes toman las decisiones jueguen con las ansiedades de las
personas y no apuesten decididamente por solucionar los problemas que se
arrastran hace varios años. Estimado lector o lectora, no se olvide que
en Chile llevamos más de veinte años con movilizaciones por educación
de calidad y gratuita para todos, con la lucha por acceso a la vivienda,
por mejorar la atención en salud de una parte importante de la
población o por desarrollar políticas públicas eficientes para combatir
la delincuencia, que se ha definido por una agenda punitiva, una especie
de populismo penal, más que por una política seria de movilidad social
que empareje la cancha. Pero aquellos que dijeron que Chile no
necesitaba una Constitución hoy nos dicen que el nuevo texto solucionará
todo, que tendremos estabilidad política y que los episodios de
delincuencia desaparecerán mágicamente, como si esa Constitución la
hubiese escrito David Copperfield. Lamento decirle que eso no pasará y
que el país seguirá profundizando sus problemas inconclusos por años y
años, tal como lo vemos a diario con nuestros cercanos o cuando los
grandes medios visibilizan esos dilemas. Lo más probable es que el en
contra se imponga el 17 de diciembre, dejando a todos los partidos
firmantes expuestos al escarnio público y a un zapato chino,
convirtiendo, una vez más este proceso impuesto, en un proceso
constituyente fallido. El pueblo tiene la última palabra.