Prostituyentes de la palabra “democracia”.

Cuando
las cosas no nos gustan, cuando los argumentos del otro no se parecen a
los propios, cuando se tiene una jauría detrás a los que se ha motivado
exacerbando sus penas, es muy fácil tirar del mantel y creer que el
asunto está arreglado. Luego pondrá sus banderas como estampado, sus
trastes y elegirá los manjares que más le gustan y los ofrecerá como lo
mejor. Que nadie ose contradecirle.

Tras
el estallido social tuvimos una verdadera revolución. Tal como ocurrió
en la Francia monárquica o en la tierra de los zares, la palabra se
vuelve una hoja filosa y son muchos los que la entonan o empuñan y, como
si de callampas fertilizadas por la lluvia se tratare, el liderazgo lo
toma aquel que tiene más facilidad oral y, teniendo sus propias
demandas, se asumen como de la mayor importancia. Ello tiende a
corromper los equilibrios y a llevar a los más fundamentalistas a
terrenos que pareciera volverlos intocables hasta que la misma
revolución se los come.

La
palabra democracia, con la que se enjuagan la boca sus partisanos, no
se aplica a los pueblos en revolución, porque las ideas, facciones y
contrafacciones litigan para imponerse, y resulta que para saber quién
tiene la razón deberán pasar por la guillotina o los pelotones de
fusilamientos a los que piensen distinto, aunque sean aquellos que
encendieron la pólvora del estallido. Se usa la palabra pueblo no como
impulsor de cambio, sino solo como lumpen para sacar provechos baratos.

La
violencia parece ser inherente al ser humano en su afán de intentar
controlar lo que tiene a su alcance, sea que no se tenga nada o “todo el
dinero del mundo”. Se da en las familias, en las vecindades, en la
contienda política, y también cuando hay que enfrentarse a un enemigo
común, como lo son los que amenazan nuestras fronteras. Alguien dijo que
la falta de guerras hace que las rabias contenidas exploten sobre sus
mismos compatriotas o sobre situaciones de mínimas peculiaridades. Vimos
la evolución de Trump, nos divertimos, le temimos, supimos que no
queremos algo así para nosotros y ya le olvidamos.

En
estos días de desenfreno político y social hemos visto cómo los medios
les dan cobertura a quienes promueven la violencia en vez de buscar
expresiones de fundamentalismo humanista que tiendan a criticarlos para
desmerecer su accionar y, al menos, hacerles sentir vergüenza. Si nadie
los para, si nada los enfrenta, sus malos actos se potenciarán y se
sentirán soberanos para que la próxima vez no sea solo una opinión
equívoca, un exabrupto, un insulto, sino para darse permiso a golpear, a
tomar un palo, una bomba o una pistola. Está vacante ese referente que
permita sosegar las pasiones y ver la realidad no solo desde la mirada
de cada habitante, sino del colectivo en que se encuentra inmerso.

No
queremos polarización como la que ya vivimos y que tanto dolor nos
causó. No queremos un país de gente sumisa sino aquella que pueda dar su
opinión con libertad, conocimiento y energía. No queremos la
agresividad de los que son pachoteros y que representan intereses
velados, por más que los traten de disfrazar como principios nacidos de
la revuelta.

En
estos días vemos agresiones y turbas que no saben hablar, solo gritar
sus rabias. Sin duda hablan con sus heridas abiertas y sangrantes, y
como la violencia vende y a la gente les gusta verse en la TV, la
cobertura es enorme. Una vez más criticamos a los editores que no tienen
más interés que el rating, el mandato del dueño del medio o el interés
político detrás del hecho.

La
crispación ensalzada es la antesala de la autodestrucción y es urgente y
necesario ir dejando solo a los que ansían la confrontación por más
liderazgo que digan tener. Son los que prostituyen la democracia, porque
no la entienden y no les interesa. La democracia es oír a la gente y
ser interlocutor de sus necesidades y no aprovecharse de ellas para
potenciar carreras políticas. Ya los vimos y cuestionamos al momento de
constituirse la Convención Constitucional. Cada cual quería sobresalir
exhibiendo sus plumas como verdaderos pavos reales, y lo seguiremos
viendo en los próximos meses con quienes quieran cubrir los múltiples
cargos públicos de elección popular que se nos vienen.

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