Durante
los años 90s, las vivencias comunes de los niños de regiones y también
de los capitalinos era jugar en los barrios, extender los horarios
escolares para compartir con amistades o simplemente tomar un balón y
armar una cancha en “el pasaje” hasta que caiga la noche. Una época en
la cual se consolidaba una democracia restaurada y la infancia era
desarrollada de manera sana y con cierto grado de ingenuidad, pero a la
larga, sana. Esos instantes, si recuerdan los lectores, evocan cierta
nostalgia y también una profunda valoración por el esfuerzo que nuestros
padres daban para mantener la familia cohesionada y con los sueños
vivos. Habíamos dado un paso como país, ya no era necesario fabricar
juguetes propios en los talleres del campo, como lo hicieron nuestros
abuelos y muchos de nuestros padres, ya que ahora podemos acceder a
ellos a precios razonables en los más diversos locales en el mismo
barrio o en lugares más céntricos, así se iba forjando una nueva
generación. Fueron pasando los años entre la asistencia diaria a clases,
una que otra pasada al pizarrón y las salidas a la plaza a jugar, entre
muchas otras actividades más. Mientras nuestro sur austral iba
incorporándose progresivamente al territorio chileno, mejorando su
conexión con el continente ¿Quién pensaría en esos años que en dos o
tres horas y fracción podríamos visitar a nuestros familiares que se
encuentran en la capital del país o en otro lugar de esta larga y
angosta morada? Hay personas que han olvidado hacer un análisis que
valore lo nuestro, nuestra identidad, libertad y cómo nos hemos
desarrollado como región, palpable en perspectiva por donde se le mire,
pero, así como la pobreza extrema lamentablemente no ha desaparecido en
gran parte por la falta de focalización de los recursos, falta de
diversidad en empleos, y la imposibilidad de planificar cada una de las
aspiraciones humanas. Existe una de las mayores pobrezas que se ha
instalado en forma radical, y que hoy atañe transversalmente nuestra
sociedad, me refiero a la pobreza de la violencia. Los acontecimientos
de los últimos años, el aumento de la delincuencia, los hechos
gravísimos de atentados terroristas, la insurrección de octubre de 2019
–y la indolencia del Estado- , han permitido que la violencia se
establezca como método de satisfacer demandas de toda índole, sumado a
la intolerancia al fracaso inculcado por las masas, y la nueva profesión
de agitadores sociales que pululan en el poder político y en cuerpos
intermedios, terminan por desconocer y olvidar todas las buenas
prácticas de nuestros progenitores que configuran la civilización
occidental como la conocíamos. De este modo, con total vigencia podemos
recordar la sabia frase de nuestro nobel de literatura Gabriela Mistral,
y cito: “la humanidad es todavía algo que hay que humanizar”. Estamos
en tiempos convulsionados, y occidente está amenazado. Es hoy donde
debemos despertar, no para ser una mera reacción, sino para que podamos
develar el mal ideológico de aquellos que pretenden abolir la
institucionalidad y que ignoran profundizar nuestra cultura del
esfuerzo, basada en nuestro talento y en nuestras capacidades
individuales. Los conceptos fundados en el legado de nuestros padres y
abuelos forjadores de la República son indispensables para poder
sobrevivir en el Chile gris que nos encontramos hoy y avancemos hacia un
futuro esplendor.