¿Quién nos entiende?

¡Dudaba! ¿Quién los entiende?, o ¿quién nos entiende? Está claro, no es problema de otros, es problema de nosotros. 

¿Quién nos entiende? A ratos, ni nosotros mismos; es la verdad. Ya sé, ya sé. No es problema de todos, algunos por consecuencia tienen el timón fijo hace años de años y, es cierto, otros, no. Aun así, algunos son bastante veleidosos en sus opiniones, posiciones y en sus decisiones.

Culturalmente somos una mezcla y remezcla de esencias, saberes, haceres y sumamos a ello, los contextos espaciales o temporales que nos asedian. 

A veces, sí; a veces, no. Y sumaríamos un quizás. En este vaivén, en este zigzagueo, que a ratos puede exasperar, incomodar al más templado, nuestro desarrollo, nuestro avance, nuestro crecimiento apenas se percibe. Incluso deberíamos agregar que no somos una isla, que formamos parte de un sistema cultural, social, histórico, que en esta parte del planeta nos rodea y que nos afecta, claro que sí; no somos una isla, aunque casi parecemos eso. Por un lado, un cordón montañoso, por otro, el mar, y de punta a punta o de extremo a extremo difícil que nos conozcamos, menos nos reconozcamos. Razones diversas para ser cómo somos. Más de una vez he dicho que estamos como estamos porque somos como somos. Y nuevamente, nuevamente, esto es verdad.

Antes todo era diferente, antes todo era mejor. ¿Lo han escuchado?

Antes todo era diferente, cierto, muy cierto. No solo el entorno cambia, física, sino socialmente, somos distintos, alcanzamos nuevos ciclos etarios, crecemos, sumamos experiencias, nos apuntamos en unas nuevas, supuestamente aportamos con nuestras experiencias, en fin.

Antes todo era mejor. Aquí, ya no son tantas las certezas y, a la par, son relativas, algunas muy relativas. Los jóvenes cuando nos escuchan esto, mueven la cabeza, como diciendo, otra vez con lo mismo. Antes, menos, era más. Hoy es inalcanzable todo. Eso si nos referimos a las cosas, a la materialidad. Con menos se era feliz, igual. Ahora solo se es feliz si se tiene más, si se consigue más. La competitividad es mayor, y quizás si a todo evento. 

Antes todo era mejor. La moneda de cambio era la palabra. La moneda de cambio era la confianza tenida, sostenida. Hoy campea la desconfianza. Si lo dice, no lo creo. Si lo vuelve a decir, es que miente. “Miente, miente, que la mentira repetida termina por ser verdad”. ¡Hum! Los logros rápidos envanecen, la vanidad se enseñorea en pasillos y salones. El orgullo también se entromete; la soberbia es un ingrediente que concurre no a pocas citas; la envidia asoma no pocas veces así como la liviandad, la codicia, el odio, y con él, el ánimo de venganza. ¿Cuándo la concordia, la ponderación, el entendimiento, el tino, la sensatez, la mancomunión, la parsimonia, el respeto, la conciliación, el equilibrio, la morigeración, la prudencia? 

¿Hoy es mejor? ¡No! No todo lo que reluce es oro. Igualmente, hoy, todo es relativo. Quizás, mejor ingreso per cápita, pero ello no nos hace mejores, pues los logros de uno no son del otro. 

En este concierto o desconcierto, ¡cuán importante moneda es la educación! Y en ella, la filosofía. Debiera enseñarse filosofía desde la educación prebásica, y no estoy loco. Y debiera sostenerse esa enseñanza en todo el sistema educacional. En la educación superior, cualquier plan de pregrado, profesional, técnico, debe contemplar en sus planes de estudio la filosofía, de modo transversal. 

Esta, estimo, es la receta. Siempre ha sido. Siempre será, hasta que una nos una, o, al menos, que una nos reúna. ¡Sí, hasta que una nos una, o hasta que una nos reúna!

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